Un Área de 40 años

No sólo el Valle de Aburrá, sino Antioquia y el país, deben celebrar con orgullo y esperanza en el futuro estas cuatro décadas de existencia del Área Metropolitana, un ejemplo vivo del poder y la capacidad que surgen de trabajar unidos, de llegar a consensos, compartir visiones, construir sobre lo construido y avanzar firmes hacia objetivos comunes.

Luis-Fernando-Ospina

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Por su propia naturaleza y su impacto en el desarrollo armónico y sostenible del territorio, pocas entidades como el Área Metropolitana del Valle de Aburrá necesitan y necesitarán de la buena política para cumplir con sus objetivos y liderar, como lo ha hecho en estos primeros 40 años, los procesos y proyectos más trascendentales para el futuro, no sólo de sus 10 municipios asociados, sino para el Departamento y el país.

Como ocurre cuando de generalizaciones se trata, con esta hermosa entidad se ha tratado de hacer politiquería, que es la antítesis de la buena política, y se ha pretendido, por fortuna sin éxito, colocarla a la altura de una oficina de componendas y de tráfico de influencias, donde se reparten los dineros que entre sus asociados se transfieren para beneficio de no menos de cuatro millones de habitantes. Nada más lejano a la realidad, pese a que con contadas excepciones, y a título personal, no ha faltado quien hubiese querido hacer carnaval con ella.

El Área Metropolitana, durante estos cuatro siglos de vida institucional, ha representado buena parte de la extraordinaria capacidad de la sociedad antioqueña, y de Medellín en especial, de acordar de forma armónica y bajo consensos colectivos, un modelo de desarrollo que va más allá de los límites y de la autonomía de los 10 municipios que la integran. Porque si bien Envigado se incorporó oficialmente al Área Metropolitana en 2016, después de una decisión soberana de su gente en una Consulta Popular, ese municipio no estuvo por fuera de muchas de las decisiones que han transformado el territorio metropolitano.

De manera injusta, y quizás con alguna mala intención, la entidad era vista como una especie de “Secretaría de Obras” adscrita a la ciudad núcleo, Medellín, y como tal había que tratarla: un fortín burocrático en donde el Alcalde de turno cobra el tiro de esquina y él mismo lo cabecea.

Puede que eso haya pasado en ocasiones, pero de ahí a creer que el Área ha logrado semejantes transformaciones en cuatro décadas siendo la caja menor del Alcalde, es como creer que el río Medellín, corazón y alma de la región, corre en sentido de Barbosa hasta Caldas, municipios de apertura y de cierre de un esquema asociativo que es considerado el mejor de Colombia y puesto como referente internacional.

El Área es, ha sido y seguirá siendo, mucho más que sus directores, porque el mayor valor que tiene es el resultado de muchos años de trabajo interinstitucional, de alianzas público privadas, de capacidades técnicas y de amplio conocimiento científico representado en cientos de hombres y mujeres, incluidos sus directores, que son escudos naturales contra la politiquería que, en algunos casos, ha pretendido, sin éxito, desviar el rumbo y el objetivo para los que fue creada en 1980.

En estos momentos de crisis climática y de una incertidumbre global por cuenta de una pandemia de origen zoonótico como la del COVID-19, es preciso preguntarse qué hubiera sido de este Valle de Aburrá y de sus entornos regionales y nacionales, sin una entidad robusta, seria, rigurosa y respetada como el Área Metropolitana y, con ella, la apuesta colectiva por el desarrollo sostenible hecha desde la academia hasta los colectivos sociales, pasando por las organizaciones de empresarios, los gremios económicos y la ciudadanía. Esa Gobernanza es un patrimonio para el país, y al mismo tiempo, el antídoto contra cualquier conato de rebatiña burocrática y disputa politiquera.

Hoy más que nunca, el Área Metropolitana debe ser un lugar de encuentro de todos esos actores, en la imperiosa y urgente necesidad de definir visiones de largo plazo que mitiguen los daños acumulados durante décadas, y que han visto la luz, precisamente, por las manifestaciones evidentes y preocupantes del cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la deforestación, la contaminación del aire, la fragmentación de los ecosistemas y, todo junto, en el peligro de una extinción de la especie humana.

De eso se trata esta celebración. No es una fiesta. Es la alegría y el orgullo de contar con una entidad que llegó para quedarse por muchas décadas más, pues el futuro de los territorios pasa por la capacidad de unir esfuerzos, acordar visiones, trabajar juntos y convertir los principios de equidad en verdaderos instrumentos de transformación económica, social, política, cultural, educativa, sanitaria, administrativa y de planificación con criterios de sostenibilidad.

Eso que la ha hecho grande. Eso que nos produce orgullo de haberle servido y, lo mejor, haberla conocido por dentro, en su esencia.

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