El niño y el Papa

Hace poco más de 35 años, un niño buscó la ayuda del Papa Juan Pablo II para encontrar a su madre desaparecida durante el terremoto que sacudió a México en 1985. Ese fue el título de una película que parece haberse congelado en el tiempo, pese a que ahora son otros los protagonistas, mas no las circunstancias.

Luis-Fernando-Ospina

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Hace poco más de 35 años, un niño buscó la ayuda del Papa Juan Pablo II para encontrar a su madre desaparecida durante el terremoto que sacudió a México en 1985. Ese fue el título de una película que parece haberse congelado en el tiempo, pese a que ahora son otros los protagonistas, mas no las circunstancias.

 

El planeta está afrontando la más grave crisis climática de su historia y no basta con que un niño, como en un bella metáfora, quiera encontrar a su madre en medio de los escombros. Es ahora la madre Tierra la quiere encontrar a sus hijos en medio de los terremotos, los huracanes, las inundaciones, las sequías, los incendios y la pérdida de biodiversidad, con el fin de que le ayuden a no morir en el intento de combatir el cambio climático, la gran amenaza contra la especie humana.

 

Pues bien, como si estuviéramos de nuevo pidiendo un milagro, un niño vuelve y le habla al Papa. Ambos se llaman Francisco. Uno está en El Vaticano y el otro en Bogotá. Ambos, unidos en un clamor global por la protección de la Casa Común.

 

Francisco Vera, el niño, se ha convertido en una versión criolla y masculina de la ambientalista sueca Greta Thunberg, mientras el Papa Francisco es desde hace rato un referente global de la lucha contra el cambio climático, pues no sólo escribió la encíclica “Laudato Sí”, sino que fue determinante en la formulación y puesta en marcha del Acuerdo de París sobre cambio climático, en 2015.

 

A miles de kilómetros de distancia, pero unidos por el lenguaje universal de la defensa de la vida, los dos Franciscos hablan de la urgente necesidad de devolverle a la naturaleza los espacios que el hombre le arrebató a la fuerza y sin contemplaciones, buscando satisfacer necesidades mundanas y acumular riquezas.

 

Uno y otro, Francisco, el niño, y el Francisco Papa, con diferencias abismales en torno a su poder de influencia y visibilidad, han logrado movilizar la conciencia de cientos de millones de jóvenes en todo el mundo que levantan la voz para recordarnos que la tierra no es una herencia que nos dejaron los abuelos, sino un préstamo que nos hacen las nuevas generaciones.

 

A Francisco, el niño, lo trataron de intimidar por las redes sociales y quisieron cortarle las alas, tal como lo han hecho otros en el terreno, asesinando líderes ambientales y defensores de derechos humanos. Al Papa Francisco lo amenazan de otra forma, pero el objetivo es el mismo: mantener un modelo económico que sólo piensa en la riqueza y la concentración de poder como instrumentos de sometimiento, incluso por encima de lo racional. Son muchas las evidencias sobre el negacionismo del cambio climático.

 

Escuchar a Francisco Vera hablar sobre su visión del mundo y el rol que deberíamos cumplir para evitar nuestra propia extinción como especie humana no es otra cosa que la traducción humana, sensible y dramática de un niño que no busca a su madre de entre los escombros, sino que quiere levantar los escombros sobre los que hemos venido sepultando nuestra propia existencia, tal como lo afirma el Papa Francisco en su encíclica papal. Ambos, el niño y el Papa, logran hablar en el lenguaje de lo humano y no el de las cifras económicas ni del PIB.

 

Francisco, el niño, lidera un movimiento ambientalista que se llama Guardianes por la vida, mientras el Papa Francisco encabeza una gran revolución social como jerarca de la iglesia, sin acudir a extremismos religiosos ni cruzadas para extinguir a los que piensan distinto o defienden nobles causas por la naturaleza.

 

El llamado de los dos Franciscos, como el de tantos otros líderes, se sustenta en la defensa del valor superior por la vida, que es distinto a creer que sólo los seres humanos tenemos derecho a vivir en la tierra. O peor, que como seres humanos sigamos sepultando a nuestra madre Tierra bajo los escombros de nuestra inhumana racionalidad y desmedida ambición, esperando que sean otros, y no yo, el que haga el milagro. Al niño de la película se le cumplió y logró encontrar a su madre. ¿Necesitaremos otro milagro para encontrar la nuestra, la Tierra, la Casa Común?

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