“La naturaleza es un libro que hay que leer”

Juan Luis Mejía, ese “paisa sin ánimo de lucro” que dice ser, ha estado de pie, como enano ante gigantes, en la construcción de su propia historia, que es la historia misma de Antioquia, de su Medellín (la ciudad y el equipo de fútbol) y de Colombia. Como el señor Palomar, de Ítalo Calvino, el ex ministro de Cultura y ex rector de Eafit, es un “hombre asombrado ante el milagro de la vida”. Aunque dice no saber si es un hippie, un abogado o un letrado, lo que sí es Juan Luis es un referente ético y moral en el mundo empresarial, cultural y de la educación. “No es posible hablar de desarrollo económico ni menos de desarrollo sostenible sin hablar de culturas, en plural”. De la pandemia del COVID-19 dice que ojalá nos haga entender que no somos, como especie, el centro del universo, sino una parte de él. Entrevista.

ex rector de Eafit, Juan Luis Mejía
El ex rector de Eafit, Juan Luis Mejía, un abogado convertido en intelectual por convicción, que ha hecho de la cultura y la educación instrumentos de desarrollo humano. Foto: Eafit.

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De gigantes y enanos. De hippies, abogados y literatos. De Manuel Mejía Vallejo a Álvaro Mutis. De Nicanor Restrepo a Gilberto Echeverri Mejía. De Beatriz Restrepo a María Mercedes Carranza. De Juan Luis Mejía a Juan Luis Mejía. De Eafit a la eternidad. La trayectoria de un hombre que, como el señor Palomar, de Ítalo Calvino, vive asombrado ante el milagro de la vida, y lleno de gratitud y admiración por quienes lo han acompañado durante sus 72 abriles.

Días después de su despedida como rector de Eafit, con el aroma fresco de los árboles y las orquídeas todavía impregnado en sus pensamientos, con la serenidad de los sabios y la profundidad de los filósofos, el abogado convertido en literato por la fuerza de la convicción, se puso de pie, sientiéndose como enano, más por humildad que por otra cosa, para hablar de los gigantes que ha tenido en su vida y cómo sobre sus hombros ha logrado construir una historia propia, brillante, inspiradora y merecedora de Best Seller.

Hablamos con Juan Luis, un “paisa sin ánimo de lucro”, y sacamos los mejores dividendos de sus inmejorables reflexiones, opiniones, recuerdos y, en especial, de los sueños que conserva intactos sobre el poder de las culturas como instrumentos del desarrollo humano. Así como Manuel Mejía Vallejo, esta vez no en La casa de las dos palmas, sino por vía telefónica, el maestro Juan Luis se convirtió en una caja de música y de la conversación al natural con él, compartimos sus pensamientos, en especial uno que cobra vigencia en plena pandemia del coronavirus: que uno de los grabados de Francisco de Goya, “El sueño de la razón produce monstruos”, solo sea una gran obra pictórica y no una premonición de lo que estamos haciendo con la naturaleza, con sus ecosistemas y su biodiversidad.

¿Cómo es eso que usted define “construir sobre hombros de gigante” cuando se refiere a lo que ha sido Eafit, pero que se podría aplicar a rajatabla para muchas otras instituciones que han hecho de Antioquia un referente para Colombia?

Juan Luis Mejía: Pensé siempre que esa frase era de Newton, pero hace poco me leí un libro de Umberto Eco que se llama, precisamente, “Sobre hombros de gigante”. Y creo que, incluso, esa frase viene del medioevo y es como la metáfora que ha existido durante la propia historia de la humanidad, entre enanos y gigantes. Y la idea maravillosa que eso trae es que construimos sobre lo construido, sobre herencias de alguien que creó y construyó, y se llaman gigantes, y nosotros somos los enanos que estamos sobre sus hombros construyendo, con la diferencia de que como estamos sobre sus hombros, vemos más claramente y en perspectiva el horizonte.

Y eso es lo que ha pasado en Eafit, por ejemplo…

 Yo hice esa alusión en momentos de una despedida, que no de un retiro total, de Eafit y, por supuesto, me refería, primero a los fundadores de la Universidad, porque es fundamental remitirnos a ellos como la razón de ser de lo que somos. Si esos 18 empresarios en 1960 no hubieran tenido la idea de crear una escuela de administración, pues no existiríamos. Y sobre todo, que ellos hubieran señalado unos principios fundacionales: para qué estamos. Incluso, en muchas organizaciones, ya no se habla de la visión y la misión, sino de los principios fundacionales.

Y segundo, me refería también a quienes han integrado el Consejo Superior de Eafit y, por supuesto, a los que me han antecedido en el honor de ser su rector. El doctor Jorge Iván Rodríguez, fundador de la universidad; el doctor Nicanor Restrepo Santamaría, quien estuvo varios años presidiendo el Consejo Superior y después de su fallecimiento fue remplazado por otro gigante, el doctor Álvaro Uribe Moreno. Después llegó José Alberto Vélez y, todos juntos, cumplieron esa máxima de construir sobre lo construido.

Pero, entonces, ¿Usted ya adquirió esa distinción de gigante?

(Risas, y un no, no, no que se repite como señal de profundo respeto y admiración por sus antecesores). Creo que tenemos que hacer mucho más todavía. Por eso, en ese mensaje de despedida de Eafit no hice un balance de mi gestión, sino la reflexión de una idea colectiva de universidad que, en mi caso, comenzó en 1996, bajo la dirección de otro gigante, Juan Felipe Gaviria.

Son muchos los gigantes, pero además que están cargando sobre sus hombros muchas de las grandes transformaciones del país y del Departamento. ¿En quiénes piensa a la hora de mirar lo que han hecho los grandes pensadores antioqueños?

Son muchos, de todas las disciplinas y de todos los momentos. Cuando ingresé como rector a Eafit, por ejemplo, acababan de asesinar al doctor Gilberto Echeverri Mejía, quien era integrante del Consejo Superior y yo fui su remplazo. Luego, tuve el honor de que Beatriz Restrepo nos acompañara hasta su enfermedad en el Consejo.

Ambos han sido unos gigantes, pero Beatriz fue también para mí un referente ético. Ella decía con vehemencia y claridad que el juicio moral solo se puede hacer cuando las personas fallecen. Y sobre el juicio moral de Gilberto y Beatriz no tenemos ninguna duda. Es más, todo el sistema de valores de Eafit fue construido de la mano de Beatriz Restrepo, porque ella insistía en que era necesario definir cuáles era los valores que nos guiaban. Para ella, no era dable decir “se nos acabaron los valores”, porque los valores no son para el pasado, sino una inspiración para el futuro.

Y el doctor Nicanor Restrepo es uno de esos referentes de todos los tiempos y él hace parte de lo que yo llamo una “generación de empresarios ilustrados”, porque fueron líderes que no sólo construyeron empresas, sino que le dieron un sentido social a las empresas. Creo que ahí radica buena parte del porqué Antioquia ha tenido semejantes liderazgos.

Y así como Nicanor fue un empresario ilustrado, Belisario Betancur fue un político ilustrado.

¿Eso explica también el hecho de que las mejores empresas ubicadas en el Índice Dow Jones de Sostenibilidad sean de acá?

Por supuesto y tengo varias hipótesis que lo comprueban. Como decía el doctor Nicanor, “somos mayordomos” en el sentido bello de la palabra. Es decir, somos administradores de bienes colectivos, y no de empresas familiares.

El tema es muy profundo. Por ejemplo, acaba de salir un libro muy interesante de la Cámara de Comercio de Medellín para Antioquia sobre las primeras sociedades de este territorio. Hasta hace poco pensaba que el influjo de las sociedades anónimas era de un período más temprano, pero no, porque primero fueron sociedades colectivas, porque la gente confiaba en el nombre. Casos como los de John Restrepo o Alejandro Echavarría & Hijos son buenos ejemplos.

Se decía que las sociedades anónimas se difuminaban. Cuando crece la industria y se requiere más capital, entonces se constituyen las sociedades anónimas en Antioquia, en 1930. Así, quienes pasamos por esas empresas, somos administradores de bienes colectivos, y eso genera una característica muy propia de nuestro empresariado.

En el libro de la Cámara de Comercio hay un momento importantísimo de nuestra historia empresarial. Durante las épocas de crisis, cuando uno creería que hay como un letargo, me impresionó que durante la Guerra de los Mil Días, entre 1899 y 1902, en medio de semejante catástrofe nacional, fue una de las épocas en las que más empresas se constituyeron en Antioquia.

Yo comparo esos momentos de comienzos de siglo con los vividos en los 80 y 90, cuando afrontamos una de las peores tormentas vividas por nuestra sociedad, la del narcotráfico, la de la violencia política y, luego, la de la apertura económica.

En medio de esa vorágine, los empresarios antioqueños no sólo se repiensan y se agrupan, sino que se quedan, porque entienden que son administradores de bienes colectivos. En otros lugares lo que pasó fue que los dueños de muchas compañías, simplemente, armaron sus maletas y se llevaron sus fortunas para otros países.

Haberse quedado de pie y repensando sus principios fundacionales, en mi opinión, fue el hecho más trascendental en la historia empresarial del país, porque eso permitió que esas corporaciones dieran el salto hacia las multilatinas, no sin antes entender que debían trabajar bajo estándares internacionales y de buen gobierno.

Eso explica, además, por qué deciden ingresar sin complejos al Índice Dow Jones y demostrar que esos principios fundacionales no eran sólo producir ganancias, sino bienestar colectivo y generación de valor social.

Juan Luis Mejía convirtió a Eafit en una universidad-parque
Juan Luis Mejía convirtió a Eafit en una universidad-parque, pues cree que los espacios para el conocimiento tienen que ser de alegría y de conexión con lo natural. Foto: Eafit.

Principios fundacionales de una enorme vigencia y valor, en momentos en que el planeta enfrenta una pandemia de incalculables consecuencias, entre otras razones, por un modelo económico basado en el PIB y no tanto en las personas…

La profesora estadounidense Martha C. Nussbaum, en su libro de obligada lectura y reflexión “Sin fines de lucro”, trae una frase maravillosa: “La educación es el proceso por el cual el pensamiento se desprende del alma y, al asociarse con otras cosas externas, vuelve a reflejarse sobre sí mismo para así cobrar conciencia de la realidad y la forma de esas cosas”.

Nosotros leímos ese libro como miembros del Consejo Superior y sigue siendo pertinente mantener una reflexión sobre nuestro papel. Lo que dije en mi mensaje de despedida y ratifico ahora es que los ranquin, y las mismas acreditaciones, están empobreciendo la vida de la universidad, en su concepto más amplio.

Eso ha llevado a que se olviden muchas otras misiones fundamentales de la Universidad, porque históricamente ésta ha sido epicentro de la cultura. Ese es el lugar de la gran conversación. Por eso digo que cuando el hombre se siente insatisfecho con el statu quo, lo recrea a través del arte y con ello nace la cultura; o lo reinterpreto a través de la ciencia, y así es como avanza la humanidad.

Creo que ese es el lugar que debe asumir la Universidad. Limitar sólo a producción científica el desempeño de esa institución, a lo que lleva es a convertirla en un centro de investigación, que es importante, pero no es universidad.

De ahí que Usted hable de la universidad como “el lugar para la alegría” y muchos otros autores y grandes pensadores la tengan como “empresa sanadora”. ¿Será que le perdimos el amor al conocimiento y a la deliberación y la educación se nos volvió una angustia, como advierte Nussbaum?

Creo que sí, infortudamente. Por eso busco siempre nutrirme de los viejos educadores. Mi suegro, Humberto González, hermano de Conrado González, es de una familia de educadores, y me insistía en que “una institución educativa es un oasis de felicidad”. Esa afirmación es la que nos ha permitido crear un campus educativo agradable, amable. Muchas instituciones son una tortura, porque volvimos la educación en algo de ganar o perder. Y eso no es. La educación es lograr. No es aceptable hablar de ganar o perder el año. No. Se pierde o se gana en las loterías, pero no en la educación.

Hay un libro muy hermoso de Jorge Wagensberg, a quien tuvimos en Eafit y al que pude visitar y compartir su conocimiento sobre el placer del conocimiento. No hay nada en el mundo que como seres humanos nos gratifique tanto como el placer del conocimiento. Entonces no es ganar o perder entrar a una universidad, sino ingresar al mundo del conocimiento, a la aventura, a tratar de descubrir los secretos que todavía nos oculta el universo.

Es, como decía Carl Sagan, que cuando se abre un libro lo que estás haciendo es hablar con las mentes más brillantes que ha dado la humanidad. Es mágico poder conversar con Platón, con Sócrates, con García Márquez. De eso se trata vivir la aventura del conocimiento. No es ganar o perder.

Por eso Borges decía que lo más parecido al paraíso era una biblioteca…

Claro. Borges también decía que de los inventos del hombre, casi todos son prolongación de sus órganos y el más maravilloso de todos es el libro y la lectura, que es la proyección, no de un órgano, sino de la imaginación. Ahora, en un concepto borgiano sobre el diálogo, un libro sin lectores es mero papel entintado. Un libro sólo adquiere vida cuando el autor lo crea y el lector lo recrea.

¿A qué te referías cuando en el mensaje de despedida dijiste que “no somos, vamos siendo”?

A que todo es una construcción. Hay tantos Juan Luises en la vida que cuando devuelvo la película me doy cuenta de todas mis transformaciones y la continua construcción en la que permanezco. Lo mismo pasa con las instituciones, máxime cuando se habla de educación.

De educación y cultura. Tú has dicho que hizo falta un ODS 18, el de la cultura. ¿Por qué?

Desde que se fijaron esos Objetivos de Desarrollo Sostenible, en 2015, me sorprendió que la cultura no estaba por ninguna parte. Cómo se excluye la cultura del concepto de desarrollo sostenible. Es que toda sociedad está inmersa, no sólo en un medio ambiente, sino en una diversidad cultural. Lo que hace la cohesión social, lo que nos hace y nos integra como humanos es, precisamente, la cultura. Luego, excluir el concepto de desarrollo de la cultura es un error garrafal, porque se mantiene a ésta como algo accesorio.

Por eso es necesario remitirnos a la evolución del concepto de desarrollo. Recordar que en los años 60 o 70, era el concepto de desarrollo económico el que imperaba. El resultado fue desastroso, porque se medía el desarrollo en términos del PIB, a todos por igual, sin tener en cuenta la cultura. La homogenización destruye la cultura.

América Latina, por ejemplo, vivió su década perdida en los 80, porque la visión de desarrollo que no toca el ser humano, no es desarrollo. Se comenzó, entonces, a hablar de desarrollo humano. Por eso creo que con los ODS de 2015 retrocedimos mucho en el concepto de desarrollo. Pensamos bien en la sostenibilidad, pero la cultura es sostenibilidad, tal como lo es la memoria.

En medio de estas crisis, sanitaria, económica, social, ambiental, cultural, provocadas por el coronavirus (y el cambio climático), ¿cuál es el Pacto que necesita el planeta para evitar su colapso total?

Una de las pocas cosas positivas de la pandemia es dejarnos de creer los reyes de la naturaleza. Acabo de leer un libro que recomiendo a todos que se llama “Vivir con los dioses”, del director del Museo Británico, Hartwig Fischer, que explica cómo el hombre se ha conectado con la trascendencia a través de más de 40 mil años. Plantea en uno de sus capítulos que es que el modelo cristiano, desde que en el Génesis, después del séptimo día, Dios le dice al hombre: “Todo esto que cree es para que tú vivas y lo uses”.

En cambio, en otras religiones, el hombre no es el centro y el rey de la naturaleza, sino parte integrante de ella. Creo que así es. Esta pandemia es una oportunidad para cambiar esa visión antropocénica. Que nuestra inmensa capacidad de creación tiene y puede ser utilizada para otros fines. Si hubiéramos invertido, por ejemplo, tan solo el uno por ciento de los recursos utilizados para la guerra en investigación en salud, la pandemia no hubiera pasado o, por lo menos, no habría causado semejante crisis.

Pregunto: ¿han servido los portaviones, los tanques, los misiles y las ojivas nucleares para detener el virus? Las respuestas están ahí y son dramáticas.

Sin embargo, creo que hay motivos para la esperanza. ¿Por qué no me ayudas a armar una especie de gigante para estos tiempos que reúna los mejores valores de esos otros gigantes y construyamos junto a ellos un mejor futuro?

Lo primero que tendría que tener ese gigante es la capacidad de asombro, la capacidad de sentir y hacernos sentir de que somos seres incompletos. De ahí nace el ansia de saber, de saber que somos y estamos incompletos. En el ejercicio de los cargos, en lo público, lo privado, en la academia, la ciencia… es fundamental reconocer que somos seres en construcción permanente. Que debemos rodearnos siempre de alguien que nos complemente, no alguien que nos acolite. Cuando hablamos de la vida, eso se aplica del mismo modo. Que cuando nos levantemos y abramos la ventana nos maravillemos de la belleza de la naturaleza que se nos ha dado. En Anorí, Antioquia, por ejemplo, hay más especies de aves que en todo Estados Unidos. La naturaleza es un libro que hay que leer, aunque temo que las nuevas generaciones no logren hacerlo antes de que lo destruyamos.

La bióloga Jane Goodall, que ha estudiado durante décadas a los primates, dice que no entiende cómo el hombre ha sido capaz de destruir su propio mundo y al mismo tiempo ser capaz de descubrir lo inimaginable acá y en otros planetas. La razón, dice, es que el hombre desconectó el cerebro de su corazón. ¿Es así?

Si, hombre. Francisco de Goya, en su serie “Caprichos”, tiene un grabado “El sueño de la razón produce monstruos”, que recoge ese momento del hombre en el siglo de la luz, de la razón, y toda su barbarie. Por eso, después de la Segunda Guerra Mundial, todo el pensamiento de la llamada sociedad de la razón, que era la sociedad alemana, no lograra explicar cómo se había creado semejante monstruo, Adolfo Hitler. El momento que vivimos como sociedad nos obliga a pensar cuántos otros monstruos hemos creado, simplemente, por creernos los dueños del universo.

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