De la Carta de Atenas a la Nueva Agenda Urbana


En la siguiente columna nos adentramos en la evolución histórica de los centros urbanos, que a principios del siglo XX son considerados como estructuras funcionales con objetivos concretos, hasta comprender a las ciudades como sistemas socio ecológicos complejos, en los cuales la determinante de la sostenibilidad ambiental de ellas implica el mantenimiento de la diversidad biológica, la calidad del aire, el agua, el suelo, en niveles suficientes para preservar la vida y el bienestar humanos, es decir, la salud pública.

Energía Solar
La sostenibilidad ambiental significa asimismo que el ritmo de emisión de contaminantes no supere la capacidad del aire, del agua y del suelo de absorberlos y procesarlos. Crédito: Archivo particular

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Los años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial dominaron las ideas del funcionalismo-racionalismo en el campo arquitectónico y lo urbano, en gran parte por la influencia directa de la  Carta de Atenas (1933), que sirvió de referente en la reconstrucción de los centros urbanos europeos después de la guerra.

La Carta asumía la estructura de la ciudad asimilada a una máquina, a la que se añadió un concepto de función que explicaba de forma básica la ciudad, especialmente, en sus vías para desplazamientos y desarrollo de actividades, limitadas a circular, habitar, trabajar y recrearse.

 

En los años 60 se agudiza la reacción contra el funcionalismo de las ciudades estandarizadas, pensada como un modelo físico, un objeto reproducible y no como un proceso para resolver problemas específicos.

“En 1963, el arquitecto C.A. Doxiadis, organiza el primer Simposio de DELOS donde se produce la Declaración de DELOS, una nueva carta del urbanismo, que se iría refinando hasta llegar a ser la propuesta para la conformación de la conferencia de Naciones Unidas sobre el Hábitat en los años 1974 y 1976; así como la creación de la agencia de Naciones Unidas sobre ciudad, con un gran énfasis en el concepto de ciudad sustentable.” (Alfonso y Galindo, 2015).

La primera conferencia internacional de la ONU en la que se reconoció plenamente el desafío de la urbanización tuvo lugar en 1976 en Vancouver, Canadá.

Esta conferencia, Hábitat I, resultó el punto de inicio en el que los gobiernos empezaron a reconocer las consecuencias de la urbanización acelerada y sus impactos apenas eran considerados por la comunidad internacional, para ese momento, la urbanización y sus impactos tenían menos importancia en el programa de la ONU, sobre todo porque dos tercios de la humanidad aún era rural, pero el mundo estaba empezando a ser testigo de la migración humana más rápida y grande de la historia.

 

Es en las diferentes crisis, especialmente, las económicas y energéticas donde aparecen las preocupaciones por el abastecimiento que proviene del sistema natural de soporte.

Desde los años 70, la crisis ambiental puso en evidencia la necesidad de revisar el modelo de crecimiento y detener aquellos procesos que nos llevarían a alcanzar el colapso ecológico.

Es de esta época en la que se aplican los desarrollos de la Dinámica de Sistemas de Jay Forrester, un método para analizar y modelar entornos complejos, que sirvió de base para el informe conocido como “Los límites del crecimiento” encargado al MIT por el Club de Roma y publicado en 1972, poco antes de la primera crisis del petróleo, en el cual se adelanta un estudio sobre la dinámica mundial del que se extrajeron conclusiones sobre los impactos del crecimiento económico y el modelo de desarrollo que todavía hoy se discuten.


En 1971 la Unesco, inicia el programa “El hombre y la biosfera” (MAB), teniendo como objeto establecer las bases científicas para una mejor ordenación del territorio y una gestión más racional de los recursos naturales renovables, diez años después para establecer su rumbo se elabora el primer gran proyecto de ecología urbana, a cargo de Edwar S. Boyden (1981),el estudio consistía en entender las entradas y salidas que se generaban de la dinámica urbana en Hong Kong, en la que se concluía que entender a la ciudad como ecosistema es una manera de entenderla en su totalidad.


La Cumbre de Río (1992), mostraba el interés naciente por los indicadores ambientales y a partir de ese momento aumentan los estudios sobre el metabolismo urbano. En 1994 fue aprobada, “La carta de las ciudades europeas hacia la sostenibilidad”, conocida como la Carta de Aalborg, organizada por el Consejo Internacional de Iniciativas Ambientales Locales (ICLEI). En la que se ya se reconocían los límites sistémicos del crecimiento urbano:


“Comprendemos que nuestro actual modo de vida urbano, en particular nuestras estructuras de división del trabajo y de las funciones, la ocupación del suelo, el transporte, la producción industrial, la agricultura, el consumo y las actividades de ocio, y por tanto nuestro nivel de vida, nos hace especialmente responsables de muchos problemas ambientales a los que se enfrenta la humanidad.

Este hecho es especialmente significativo si se tiene en cuenta que el 80% de la población europea vive en zonas urbanas.


Hemos aprendido que los actuales niveles de consumo de recursos en los países industrializados no pueden ser alcanzados por la totalidad de la población mundial, y mucho menos por las generaciones futuras, sin destruir el capital natural. Estamos convencidos de que la vida humana en este planeta no puede ser sostenible sin unas comunidades locales viables. 


La carta concluía que la sostenibilidad ambiental significa preservar el capital natural y requiere que nuestro consumo de recursos materiales, hídricos y energéticos renovables no supere la capacidad de los sistemas naturales para reponerlos, y que la velocidad a la que consumimos recursos no renovables no supere el ritmo de sustitución de los recursos por renovables duraderos.

La sostenibilidad ambiental significa asimismo que el ritmo de emisión de contaminantes no supere la capacidad del aire, del agua y del suelo de absorberlos y procesarlos.


Con el anterior preludio y para reafirmar los compromisos hechos en Vancouver, la conferencia Habitat II (Turquía 1996), conocida como “Cumbre de las Ciudades”, en la que los líderes mundiales adoptaron la “Agenda Habitat” como un plan de acción, se admitió en consenso global que las ciudades son motores de crecimiento, que la urbanización es una oportunidad, el rol determinante que tienen las autoridades como planificadoras del desarrollo, y el reconocimiento del poder participativo ciudadano en los centros urbanos.


Nuevamente con el apoyo de ICLEI y el Centro Internacional de Tecnología Ambiental del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, se desarrolló el “Taller de Trabajo sobre las Ciudades como Ecosistemas Sostenibles” (CASE por sus siglas en inglés) que se celebró en Toronto (Canadá) entre el 18 y 19 de marzo de 2002. El Taller de Trabajo del CASE fue fundamental para definir muchos de los conceptos que finalmente llevaron al desarrollo de los “Principios de Melbourne de Ciudades Sustentables” en abril de 2002 en Australia. La concepción de la ciudad como ecosistema es clara en los principios cuarto y quinto:


“La huella ecológica de una ciudad es la medida de la «carga» sobre la naturaleza que se impone al cubrir las necesidades de su población. Esto representa el área de terreno necesaria para mantener los niveles actuales del consumo de recursos y los de los desperdicios desechados por esa población. La reducción de la huella ecológica de una ciudad es una contribución positiva hacia la sostenibilidad.

Al igual que todos los sistemas vivos, una comunidad consume materiales, agua y energía, los procesa a un estado usable y genera desperdicios. Este es el «metabolismo» de la ciudad y conseguir que este metabolismo sea más eficiente es esencial para reducir la huella ecológica de la ciudad. Para reducir la huella siempre que sea posible los problemas deben resolverse localmente, en vez de transferirlos a otras ubicaciones geográficas o a las generaciones futuras.”

Apartamentos
La idea de ciudad que se viene desarrollando desde las políticas internacionales, la concibe como un espacio no sólo físico, también público y relacional, en el cual tiene lugar la condición ética y política del ciudadano, más allá de su función de productor y consumidor. Crédito: Archivo particular.

La Evaluación de los Ecosistemas del Milenio (2005), ya advertía de la evolución de la ecología urbana, hacia una visión integradora de la naturaleza y lo urbano:


“Ecosistemas en sistemas urbanos, sistemas urbanos como ecosistemas, o ecosistemas y sistemas urbanos?. Existe una bibliografía importante sobre los ecosistemas dentro de las áreas urbanas y una literatura emergente sobre la ecología de las áreas urbanas, que trata los sistemas urbanos como ecosistemas (Hejny´ et al. 1990; Platt et al. 1994; Pickett et al. 1997; Brennan 1999; Grimm et al., 2000; Pickett et al., 2001).

Mientras que el primero es consistente con el análisis de los ecosistemas tradicionales, que ha tratado la actividad humana como algo perturbador en lugar de constituir una dinámica del ecosistema, el segundo es más consistente con el MA, que sitúa claramente a los humanos dentro de los ecosistemas (MA 2003)”. (cap.27, Urban Systems)


El instrumento conductor para la explicación del desarrollo sostenible urbano, lo puede suministrar el concepto de ecosistema, el mismo instrumento de comprensión que utiliza la ecología; pues la ciudad tiene un biotopo, poblaciones, una estructura espacial, una estructura temporal, tendencias de azar y caos, manifestaciones de autoorganización, flujos de energía y materia, y un metabolismo cuantificable, también busca el equilibrio, sea por el ingreso de energía, recursos o información.

La versatilidad del concepto de ecosistema es tal que permite integrar el medio humanizado (social-económico), con el sistema físico (natural y urbanístico) en una única realidad perceptible e interpretable.


La Conferencia Habitat III en octubre de 2016 (Quito, Ecuador), elaboró los postulados de “La Nueva Agenda Urbana”, siendo una de las primeras cumbres de la ONU tras la adopción de los Objetivos del Desarrollo Sostenible (ODS), y  ofrece una oportunidad única para discutir los retos importantes de cómo las ciudades, los pueblos, y las aldeas son planificadas y gestionadas para desempeñar su función como motores de desarrollo sostenible y así dar forma a la implementación del Objetivo de Desarrollo Sostenible 11 de lograr que las ciudades y los asentamientos humanos sean inclusivos, seguros, resilientes y sostenibles.


Como parte de la preparación de la Conferencia se adelantaron dentro del proceso las Reuniones Regionales Temáticas, mediante las cuales se reúnen recomendaciones que reflejan el consenso al que se llegó a nivel regional sobre temas específicos: participación ciudadana (Tel Aviv, 2015); ciudades intermedias (Cuenca, 2015); energía sostenible y ciudades; (Abu Dhabi, 2016); espacios públicos (Barcelona, 2016); asentamientos informales (Pretoria, 2016).


Una de tales reuniones que cobra especial importancia, es la de Áreas Metropolitanas (Montreal, 2015), en la que se produjo la “Declaración de Montreal sobre Áreas Metropolitanas”, en la que se  reconoció “el derecho a la ciudad para todos” (ítem 26), y la importancia de colocarlo en el centro de las políticas metropolitanas, para conjugar la participación ciudadana con los derechos a la educación, la salud, la vivienda, el trabajo digno y el reconocimiento y respeto de la diferencia, con el fin de favorecer la cohabitación y la convivialidad, una fuerte identidad metropolitana y un fuerte sentimiento de pertenencia.


Lo más importante del derecho a la ciudad es que se concibe a la misma como espacio posibilitador de los derechos de los individuos, que ante la deficiencia de una arquitectura institucional para proveer las condiciones de realización de los individuos  también puede ser un espacio denegador de derechos que lleva a la exclusión.

La idea de ciudad que se viene desarrollando desde las políticas internacionales, la concibe como un espacio no sólo físico, también público y relacional, en el cual tiene lugar la condición ética y política del ciudadano, más allá de su función de productor y consumidor.


Como parte de la preparación de la conferencia se formulan los documentos temáticos y los documentos de políticas, en la que expertos de una variedad de campos buscan identificar retos, prioridades de políticas, y temas críticos, así como desarrollar recomendaciones orientadas hacia la acción para la implementación de la Nueva Agenda Urbana.

Uno de los temas fue “Ecología Urbana y Medioambiente” en la línea 5, y se produjo el documento de política 8, “Ecología y Resiliencia Urbanas”, en este último documento es clara la referencia a la Ecología Urbana como una comprensión de los problemas urbanos, desde un pensamiento sistémico.

Específicamente el documento examina los conceptos de ecología y resiliencia urbanas como fundamentales para el bienestar y el logro de un cambio transformador:

“Estos dos conceptos están intrínsecamente interrelacionados; de hecho, el concepto de resiliencia surgió de la ecología y del principio según el cual las ciudades son sistemas singulares y complejos. (…) Mediante un pensamiento sistémico, las conmociones y las tensiones pueden evaluarse de manera integral para comprender cuáles de ellas plantean las mayores amenazas a largo plazo para las ciudades y sus habitantes, tales como el cambio climático, la demanda de energía, la cohesión social, la estabilidad económica, la gobernanza, el acceso a los recursos naturales (especialmente el agua) y el crecimiento demográfico.” (p.5)


En el año 2018, la Agencia de Ecología Urbana de Barcelona, retoma la comprensión de la ciudad como un ecosistema y publica la “Carta para la planificación ecosistémica de las ciudades” (CPPEC) en la cual existe el propósito de incorporar en el diseño de los nuevos desarrollos urbanos y la regeneración de los existentes, los principios de los ecosistemas naturales, como ya lo había advertido la Carta de Melbourne: “El objetivo de la ecología son los ecosistemas. Las ciudades son ecosistemas urbanos donde los seres humanos constituyen su componente principal. Los ecosistemas urbanos son los sistemas más complejos creados por la especie humana. Si se pretende abordar su transformación de manera holística venimos obligados a formular modelos sintéticos que incidan en los componentes principales de los sistemas urbanos”. (CPPEC, p.3)


Podemos concluir que para comprender el cambio del paradigma urbano, el giro del enfoque de la ciudad como el centro del desarrollo sustentable, es necesario adoptar un pensamiento sistémico y reconocer la interdependencia entre la naturaleza, la sociedad, la economía y el urbanismo.

La urbanización crea oportunidades pero también agrava los riesgos, y la velocidad a la que está sucediendo supone un desafío para nuestra capacidad de planificación y adaptación.


Una planificación urbana inadecuada y una gobernanza ineficiente pueden generar costos económicos, sociales y medioambientales significativos, amenazando la sostenibilidad del desarrollo urbano, por eso hoy más que nunca necesitamos de mecanismos que integren en el debate de la ecología urbana, las cuestiones relativas a los recursos gestionados por las ciudades, como la seguridad alimentaria, el acceso al agua potable, la calidad del aire, la extracción de materiales, el transporte de bienes y de personas, la selección de las fuentes de energía y la gestión de desechos.

 

Lea la parte 1 de este artículo: La Ecología Urbana: un enfoque sistémico en la sostenibilidad urbana

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