Vacuna contra COVID-19, una guerra fría en fase de prueba

Alejandro Gaviria, exministro de Salud y actual rector de la Universidad de los Andes, habló sobre la situación actual por la pandemia del COVID-19 y sus impactos sobre la sostenibilidad económica, social y ambiental del planeta. Advierte que estamos a punto de otra guerra fría, de una nueva geopolítica. “La humanidad se juega su futuro en torno a la forma en que resuelva el acceso a una vacuna contra el coronavirus y la comunidad global mitigue el cambio climático”. Acá, algunos apartes de su conversación con el periodista y escritor Alonso Salazar.

Gaviria
Alejandro Gaviria

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Siquiera existen las palabras. Y menos mal existen personas como Alejandro Gaviria (Chile, 1966) para decirlas, hacerlas visibles, entendibles y, sobre todo, que nos impulsen a la reflexión y la acción.

El exministro de Salud, rector de la Universidad de los Andes, economista columnista, escritor y catedrático, sostuvo una amena e ilustrativa conversación con el periodista y exalcalde de Medellín, Alonso Salazar (Pensilvania, Caldas, 1960), de la que creemos necesario y oportuno retomar algunas de sus mejores consideraciones, no sólo por su actualidad y pertinencia, sino por lo que significan de cara al futuro en estos tiempos de pandemia.

La conversación fue a instancias de la serie de charlas virtuales que vienen haciendo Comfama, Confiar y la U. de A., Memorias del presente. En este caso sobre democracia del conocimiento.

Alejandro Gaviria ha sido capaz de ser “alguien que lleve la contraria”, porque nunca ha estado de acuerdo con quienes dicen que Colombia sufre de “fracasomanía”, tal como se lo escuchó decir al economista alemán Albert Hirschman, cuando en un ensayo escrito en la década del 60 vio con asombro las críticas hechas sobre la reforma agraria impulsada por el entonces Presidente Carlos Lleras Restrepo.

Gaviria también tiene, y le sobran, palabras para reconocer que Colombia, no sólo no ha fracasado, sino que puede mostrar avances importantes en las últimas décadas, salvo que no se entienda que los procesos de cambio social son de largo plazo e incrementales. Es lo que Gaviria llama la “difícil defensa de lo imperfecto”.

Por eso defiende la Constitución del 91 como respuesta democrática a los desafíos del narcotráfico y su espíritu ecológico, así como los avances en salud, la lucha contra la mortalidad infantil, los servicios públicos y las negociaciones de paz.

De ahí que se aleje siempre de los extremos y recurra con frecuencia a los equilibrios propios que permite la literatura. Pasa con facilidad de las visiones de Hirschman a las de Estanislao Zuleta, cuando dice que “uno no puede imaginarse el mundo en un tránsito entre algo corrupto que ya no puede mejorarse, y otro totalmente armonioso e ideal que no es necesario cambiar”.

Una de las grandes enseñanzas del pensamiento liberal del siglo XIX, según Gaviria, es que la búsqueda por ese mundo ideal, por la búsqueda de paraísos en la tierra, un mundo sin conflictos, termina siendo perjudicial y dejando una estela de sangre. El cambio social necesita y demanda tensiones.

De ahí que Gaviria no se deje atrapar de nuevo y acuda a otros autores para mezclar sin extremos el pesimismo esencial del científico y sicólogo experimental canadiense Steven Pinker, quien en su visión de la especie humana asegura que somos un “animal peligroso”, pero luego se muestra positivo cuando dice que hemos sido capaces también de auto-domesticarnos y lo ha hecho desde las ideas, la cultura y las instituciones. Una especie de inteligencia y de acción colectiva. Inteligencia y capacidad de juntarnos que ha hecho, en palabras de Gaviria, que seamos la generación más privilegiada que haya existido antes sobre el planeta. Eso hay que reconocerlo para poder transformar la realidad.

Y para transformar el mundo, quizás de forma paradójica, Gaviria se muestra en contravía de los consensos, pues es más amigo de la pluralidad. En las distintas visiones sobre el cambio social, hay valores que entran en conflicto y principios válidos que generan tensiones, dice. Lo que Isaiah Berlín llamó el “liberalismo trágico”. La coexistencia crítica de distintas ideologías es mejor que los consensos, pero entendiendo que nuestras opiniones deben tener el carácter de provisionalidad, pues en el juego democrático tenemos derecho a cambiar de opinión.

Una de las grandes enseñanzas de la ciencia en los últimos 200 años, dice Gaviria, es que puso al ser humano en la perspectiva correcta, como lo que somos: un habitante más en el planeta. Nuestra insignificancia cósmica nos podría ayudar a combatir nuestra arrogancia humana.

La pandemia tiene a las grandes ciudades en camino de definir su futuro. Medellín, con su carrera San Juan como telón de fondo, le apuesta a la ciencia, la tecnología y la innovación como ejes de su transformación. Crédito: Hernán Vanegas.

Guerra fría por la vacuna contra el COVID-19

Alejandro Gaviria, como ministro de Salud, enfrentó con decisión las asimetrías existentes respecto del precio de los medicamentos en Colombia y de ahí la importancia de su visión ahora que el mundo está en la carrera para encontrar una vacuna contra el coronavirus y el peligro de que las grandes potencias conviertan esa lucha entre las farmacéuticas en otra “guerra fría”.
Y tiene razones para decirlo. Europa continental parece estar de acuerdo en que si hay una vacuna efectiva sea de acceso global, pero Estados Unidos e Inglaterra están del otro lado, en opinión de Gaviria.

Estamos en un escenario de una nueva geopolítica. La humanidad se está jugando su alma, pues en el caso de que se encuentre una vacuna –Gaviria cree que no todavía, por lo menos no que combata ciento por ciento el virus- muchos países no tendrán como adquirirla pues el debate ya está puesto sobre el precio y el acceso.

Gaviria es uno de los 26 expertos que hacen parte de la Comisión Lancet, creada hace poco para ayudar a acelerar soluciones globales, equitativas y duraderas a la pandemia, pero eso no lo limita a reconocer que teme que todo el conocimiento desarrollado por la comunidad internacional quede encapsulado por intereses económicos, lo que hablaría muy mal de nosotros como comunidad global. No sólo está en juego combatir el virus y encontrar una vacuna, sino, básicamente, si la humanidad es capaz de resolver un problema de acción colectiva y hacerlo de forma decente. Por primera vez, tenemos la oportunidad de actuar como una comunidad global.

En otras palabras, pero no las de Alejandro Gaviria, tenemos una oportunidad de salir mejores seres humanos de esta pandemia, aunque él dice que no. Lo que sí asegura es que tenemos que tratar de que así sea. “La naturaleza humana es inmodificable”, advierte. Es más, dice, no tiene vocación de futurista, pero coincide con el filósofo español Fernando Savater, quien dijo hace poco que “vamos a seguir iguales, pero un poco peores”.

Lo que sí está mostrando la pandemia, en opinión del exministro, son las desigualdades. Cómo ha mostrado, desde el punto de vista del capitalismo, que esos que llamamos “trabajadores esenciales” son los que peor hemos tratado históricamente. Esos excluidos son los que ahora están en el frente de batalla contra la pandemia, no sólo en asuntos de salud, sino de la economía, la seguridad, la educación.

El COVID-19 nos debería llevar a que colectivamente pudiéramos resolver esas desigualdades. Veo con preocupación algunos brotes de autoritarismo en medio de la pandemia y, en especial, advertir que algunos interpretan que el autoritarismo benevolente de oriente es mucho más exitoso que las democracias liberales de occidente, sin entender a qué se refieren.

Pone como ejemplo que algunos epidemiólogos y científicos han salido a destacar el éxito de Vietnam en el manejo del COVID-19, pero olvidan que allí existe una dictadura y que en el fondo hay un estado policivo ocupando todos los resquicios de la sociedad. Resultó siendo un paradigma.

Eso no es aceptable. Tenemos que propender por sociedades más justas y más sostenibles en el mediano plazo. A la nueva normalidad hay que darle contenido. No puede ser sólo un eslogan. No sé si las comunidades globales lo entiendan así, pero como individuos tenemos la obligación de pensar en que hay ciertas cosas que debemos cambiar, reconocer que hay cosas que no estaban bien y debemos cambiarlas.

Gaviria mantiene una preocupación que va más allá del reacomodo geopolítico que se dará después de la pandemia, pues lo que está claro es que Estados Unidos pierde cada vez más peso como potencia mundial y China gana terreno como nuevo epicentro de la economía global y obtener una victoria temprana a la hora de desarrollar la vacuna contra el COVID-19 y, por ende, como nuevo eje del conocimiento.

Eso implica, además, un cambio de poderes en torno al cambio climático, pues sin Estados Unidos y sin China en la primera línea de las decisiones de mitigación y adaptación a los efectos de los Gases de Efecto Invernadero (GEI), el panorama sobre la sostenibilidad del planeta está mucho más en riesgo de lo que ahora está.

De ahí lo urgente de la acción colectiva y de anticiparnos a que el miedo que hoy nos gobierna se traduzca más adelante en un gran descontento social y los mensajes populistas encuentren las palabras y el camino para llegar al poder prometiendo lo que saben que no pueden cumplir. Ese es el otro riesgo de esta pandemia.

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