Atentados del 11S: un impacto ambiental no cuantificado

Este 11 de septiembre, hace 20 años, dos aviones se estrellaron, con pocos minutos de diferencia, contra las Torres Gemelas de Nueva York y cambiaron para siempre la lucha contra el terrorismo. ¿Pero cuánto podría haber costado la contaminación provocada por los atentados del 11-S sobre los ecosistemas, la salud humana y la economía, así como los efectos globales que le siguieron a una política de seguridad nacional que no respeta los límites de la naturaleza? Dos décadas para no olvidar que el cambio climático también es una amenaza a la seguridad global.

Nueva York, el 11 de septiembre de 2001
Este es el momento en que el vuelo de United Airlines 175 se dirige contra la Torre Sur del WTC, en Nueva York, el 11 de septiembre de 2001, hace ya 20 años. Foto: Cordon Press.
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Cada uno podrá tener una imagen propia de lo que significaron los atentados del 11 de septiembre de 2001 sobre las Torres Gemelas en Nueva York, pero si hay una que represente con más humanidad la contundencia, el asombro y la devastación ambiental provocadas por la caída de los emblemáticos edificios en el World Trade Center es la de Marcy Borders, la recordada “dust lady” (Dama del polvo), cuya fotografía se convirtió en un ícono de la tragedia terrorista en los Estados Unidos.

Borders, totalmente cubierta por un manto amarillo de polvo y frente a una calle del Bajo Manhattan en tinieblas como telón de fondo, logró salir con vida del atentado, pero no pudo escapar a los efectos colaterales de semejante explosión: murió hace seis años de cáncer en los pulmones como consecuencia de la exposición e inhalación de las miles de millones de partículas contaminantes que estaban suspendidas sobre la atmósfera de Nueva York.

En el fatal impacto de los dos aviones Boeing 767 contra los emblemáticos edificios en el corazón de Wall Street murieron 2.753 personas, de las cuales 343 eran bomberos. 23 eran policías y 37 agentes de la Autoridad Portuaria.

Del tercer atentado, esta vez sobre la sede del Pentágono, en Washington, 184 personas murieron, en tanto, cerca de Shanksville, Pensilvania, fallecieron 40 pasajeros y miembros de la tripulación que iban en un cuarto avión. En total: 2.977 fallecimientos.

Estas vidas no podrán ser cuantificadas jamás en términos económicos, porque los daños sobre la vida no lo permiten, así como las consecuencias en los ámbitos sociales, políticos, culturales y ambientales.

El terrorismo, en sí mismo, es un ecocidio, y los atentados del 11S cambiaron para siempre las reglas en torno a la seguridad nacional, en la que no sólo se mide el riesgo militar, sino los impactos ambientales, tal como lo ha propuesto el presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, con el cambio climático.

Cerca de 75.000 personas sufren enfermedades de distinta índole como consecuencia de haber ayudado durante esas semanas en la zona, según datos oficiales del Centro de Control de Enfermedades de Estados Unidos (CDC), pero se estima que unas 400.000 personas podrían sufrir secuelas.

La cifra más actualizada de personas diagnosticadas con cáncer a consecuencia del 11S supera los 10.000, de acuerdo con el Programa Federal de Salud del World Trade Center. Y seguramente aumente. Se han registrado más de 60 tipos de cánceres en los pacientes. El más habitual ha sido el de pulmón, pero se registran casos de cáncer de hígado, esófago, piel, estómago, colon o incluso de mama en hombres.

Algunos expertos sanitarios aseguran que, a lo largo de la próxima década, los fallecidos por cáncer a consecuencia de las partículas inhaladas tras el 11S podrían superar los más de 3.000 fallecidos que se registraron durante el atentado.

Pero cómo medir los impactos ambientales de los atentados del 11S

Tan difusos como el polvo provocado por los atentados y tan complejo como advertir la amenaza terrorista, calcular con exactitud los impactos ambientales resulta una tarea de extrema responsabilidad, pero necesaria para tomar mejores decisiones, en especial en asuntos relacionados con los sistemas de salud, la seguridad, la economía (la aérea, sobre todo), la protección laboral y, por supuesto, la contaminación del aire y la construcción de infraestructuras verdes y resilientes.

Los datos no consolidados, después de 20 años del 11S, permiten aproximaciones sobre algunos de los impactos provocados por los atentados terroristas, dejando en claro que muchas de las secuelas no pueden ser estimadas en términos cuantitativos ni mucho menos establecer una cifra final de los afectados, porque siguen apareciendo casos relacionados con el cáncer y otras enfermedades del sistema respiratorio.

Marcy Borders, la icónica figura del 11S
Marcy Borders, la icónica figura del 11S conocida como la “dama del polvo”, murió en 2015 como consecuencia del cáncer que le desató la contaminación en el World Trade Center, después de la caída de las Torres Gemelas. Foto: Getty Images.

Lo que se ha establecido es que se necesitaron 3,1 millones de horas de trabajo para limpiar 1,8 millones de toneladas de escombros, con un costo aproximado de 750 millones de dólares, sin tener en cuenta los gastos asociados a trabajos de transporte y deposición final del material destruido.

Algunos grupos de investigación en econometría hay calculado los impactos económicos de los atentados, entre los cuales se destacan los 500.000 dólares que se estima costó preparar y ejecutar los atentados; los US 123.000 millones en pérdidas económicas durante las primeras 2-4 semanas después del colapso de las torres; los US 60.000 millones del daño del World Trade CEnter, incluido el daño a los edificios circundantes, la infraestructura y las instalaciones del metro; los US 40.000 millones destinados por el Gobierno Bush contra el terrorismo; los US 15.000 millones para el rescate de las aerolíneas; los US 9.300 millones en los reclamos de seguros.

En la otra cara de la moneda, esto es, las inversiones que demandó construir un nuevo complejo financiero, que fueron estimadas inicialmente en 15 mil millones de dólares, pero terminaron costando un 15 por ciento más, ayudaron a la generación de no menos de 50 mil empleos directos, cuantiosas demandas de materiales industriales de todo tipo y el fomento de novedosos esquemas de turismo hacia la Zona Cero como aliciente a la alicaída industria aérea.

Edificios ardiendo durante 100 días y 400 toneladas de amianto consumidas

Los impactos ambientales más evidentes que provocaron los atentados del 11S fueron sobre la calidad del aire en zonas más allá de Nueva York, así como la emisión de contaminantes altamente peligrosos para la salud de las personas y aumentos de temperatura en el ambiente que pudo superar un grado centígrado durante muchas semanas, dada la combustión de cientos de miles de galones de gasolina de avión.

Investigaciones recientes y avaladas por las comunidades médicas y científicas siguen revelando nuevos efectos de la contaminación ambiental provocada por los escombros resultantes de la caída de las Torres. Diferentes trabajos han demostrado que la exposición en los primeros días después de los ataques está asociada con problemas respiratorios crónicos y diferentes tipos de cáncer, además de enfermedades reumatológicas autoinmunes.

Dichos hallazgos añaden que la exposición al polvo y a los productos derivados de la explosión habría desencadenado síntomas que implican una inflamación crónica y que aumentan el riesgo de sufrir un dolencia cardiovascular, un efecto que está identificándose con el paso del tiempo.

Rachel Zeig-Owens, profesora de epidemiología de la Escuela Albert Einstein y una de las mejores investigadoras sobre los impactos del 11S, dijo recientemente que “los resultados obtenidos hasta ahora demuestran por qué es crucial monitorear a largo plazo la salud de cualquier persona que haya estado expuesta a desastres ambientales masivos, incluso muchos años después. Examinar y tratar factores de riesgo de enfermedades cardiovasculares, como el colesterol elevado, la hipertensión, la obesidad y el tabaquismo, es clave para reducir el riesgo en estas personas que han estado expuestas a los atentados”.

La razón tiene peso de avión: las nubes de polvo y los escombros que se originaron con el impacto de los aviones y el derrumbe de los edificios contenían partículas de materiales de construcción, queroseno y múltiples compuestos tóxicos. Las investigaciones iniciales se centraron en la vigilancia de las afecciones pulmonares causadas por la inhalación de estos materiales, pero a medida que han pasado los años han ido apareciendo conexiones con otras enfermedades.

El cáncer, otra amenaza silenciosa y letal desde el 11S

Por ejemplo, en 2020, un estudio aparecido en el International Journal of Cancer reveló que los trabajadores y voluntarios que respondieron a la emergencia en las primeras horas presentaron un 40% más de posibilidades de desarrollar cáncer en la cabeza y el cuello.

La doctora Judith Graber, profesora asociada de la Facultad de Salud Pública de Rutgers en Nueva Jersey, hizo parte del estudio y advirtió que “dado que el cáncer es una enfermedad de latencia prolongada, hallar pruebas de una presencia significativa de un tipo de cáncer concreto en un periodo determinado apunta a una nueva tendencia emergente. Eso implica una monitorización y un tratamiento continuo”.

Graber se centró en determinar si las personas que respondieron inmediatamente a la emergencia estaban en mayor riesgo de padecer cáncer de garganta y lengua, afecciones relacionadas con el virus del papiloma humano (VPH), por exposición prolongada a los escombros y residuos de los ataques. Sus resultados confirmaron este aumento, particularmente en el cáncer de la orofaringe (tipología frecuentemente asociado con la infección por VPH), por encima de cánceres de boca y nasales.

Un hecho aún más preocupante si se tiene en cuenta que bajo las toneladas de polvo con desperdicios tóxicos se liberaron más de 2.500 contaminantes, incluyendo carcinógenos, que se dispersaron por el Bajo Manhattan con consecuencias fatales para residentes, trabajadores, estudiantes y visitantes de la llamada Zona Cero.

escombros, Torres Gemelas
Los escombros en que quedaron convertidas las Torres Gemelas lo dicen todo. El horror vino después y nada volvió a ser igual en el mundo. Foto: EPA.

No menos de 18.000 personas han desarrollado condiciones derivadas de la exposición al polvo tóxico, como resultado de la caída de las Torres y con ellas miles de toneladas de vidrio, cemento, muebles, alfombras, computadoras y otros materiales altamente contaminantes, según el informe de la Sociedad Química de EE.UU de 2020.

Dicho documento aseguró que “los escombros se combinaron con materia orgánica y cloro procedentes de papeles y plásticos, lo que lanzó al aire gases ricos en metales. Los vapores y el polvo que se esparcieron por muchos kilómetros contenían formas peligrosas de contaminación que pudieron penetrar en los pulmones de los trabajadores encargados de la búsqueda y rescate de sobrevivientes”.

La investigación ayudó a explicar la presencia de concentraciones en extremo altas de partículas finas analizadas en 8.000 muestras recogidas a casi dos kilómetros del lugar donde estaban las Torres Gemelas. El material particulado alcanzó niveles jamás vistos, pese al corto periodo de tiempo medido, en promedio de 700 μg/m3, es decir, casi 200 μg/m3 por encima de los establecidos por la OMS en la escala de “muy peligrosa para la salud”.

Más de 1.100 personas han muerto, desde esa fecha, por haber inhalado el humo generado tras la caída de las torres y desarrollar cánceres de diversa tipología, fallas respiratorias o problemas gastrointestinales.

Thomas Cahill, profesor de física y ciencias atmosféricas de la Universidad de California, dijo en TNY que las condiciones tuvieron que haber sido brutales para quienes trabajaban en el lugar sin máscaras para respirar y levemente mejores para quienes trabajaban o vivían en los edificios adyacentes.

“Los escombros fueron como una fábrica de productos químicos. Cocinaron los componentes de los edificios y su contenido, incluyendo un número enorme de computadoras, y provocaron una emisión de gases tóxicos, ácidos y elementos orgánicos durante al menos seis semanas”, manifestó Cahill.

Y que pasó con los aerosoles en el ambiente “neoyorkino”

En ese infierno se mezclaron todos los contaminantes posibles, y la emisión de aerosoles también pudo ser un factor determinante en los impactos sobre la salud de las personas que estuvieron más expuestas a los atentados.

El informe conocido como DELTA (Detección y Evaluación del Desplazamiento de Aerosoles sobre Largas Distancias) de 2001, detalló los altos niveles de partículas desplazadas por el aire, aerosoles, y elevaron el riesgo de que una persona sufriera daños pulmonares o problemas cardíacos.

En el estudio liderado por Cahill, los expertos agregaron el análisis de muestras recogidas hasta mayo de 2002, provenientes principalmente de los escombros de las Torres Gemelas. Identificaron cuatro partículas que las autoridades federales de la Administración de Protección Ambiental (EPA) han considerado dañinas para la salud humana.

Entre esas partículas había metales que interfieren en la química pulmonar, ácidos (especialmente sulfúrico) que atacan las células pulmonares, partículas insolubles de vidrio que del pulmón pasan al flujo sanguíneo y después al corazón, y materia orgánica, muchos de cuyos componentes son carcinógenos.

El calor generado por el incendio del combustible de las aeronaves, que se estima alcanzó temperaturas de 1.093ºC, se encuentra muy por encima de otros hechos terroristas en Iraq, Afganistán o Siria.

World Trade Center
La destrucción por los atentados afectó a 6,5 hectáreas de terreno del World Trade Center. Así se veía 15 días después del ataque terrorista. Foto: Reuters.

Los costos exógenos de la lucha contra el terrorismo

La conmemoración de los 20 años de los atentados del 11S ocurre en momentos en que Estados Unidos no supera las tensiones por su retirada de Afganistán, otro de los coletazos del terrorismo, y menos logra separar la acción climática de la acción militar.

El debate sigue centrado en los costos económicos, sociales y geopolíticos de la “Guerra contra el Terrorismo”, pero no pasa lo mismo sobre los costos ambientales de las acciones militares impulsadas por Estados Unidos desde el 11S.

El Watson Institute for International and Public Affairs de Brown University ha pretendido calcular esos costos, partiendo de que los territorios donde se desarrolla la guerra son afectados severamente por la contaminación de las aguas, el daño al suelo cultivable, la deforestación y contaminación del aire por emisión de toxinas que aumentan las tasas de enfermedades respiratorias en la población local y los militares en servicio.

La tala ilegal de árboles en Afganistán por parte de la insurgencia talibán y los señores de la guerra ha producido un impacto negativo en los ecosistemas y el aumento del cáncer se ha relacionado con la contaminación de los territorios ocupados por las fuerzas de la OTAN, especialmente en el caso de Irak.

Informes de investigación vinculadas a las Fuerzas Armadas estadounidenses han reiterado que el problema del calentamiento global puede convertirse en un problema de seguridad nacional, por migraciones y desplazamientos forzosos que en la actualidad, afectan severamente a los países de la Unión Europea.

Gasto militar vs. Inversión ambiental

El Departamento de Defensa de EE.UU. es uno de los mayores consumidores de petróleo a nivel global y, por lo tanto, un importante emisor de gases de efecto invernadero. Desde 2001, las Fuerzas Armadas de EE.UU han generado aproximadamente 1.2 millones de toneladas métricas de gases de efecto invernadero, cantidad equivalente a más del doble de las emisiones anuales de todos los automóviles estadounidenses, según el Watson Institute.

Cifras del Foro Económico Mundial de 2021 estimaron los subsidios a los combustibles fósiles en 500 mil millones de dólares, mientras los dineros dispuestos por la cooperación internacional para protección del medio ambiente apenas llega a los 91 mil millones de dólares.

El Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo estimó que, en 2017, el mundo destinó cerca de US$1,7 billones en militancia e industria de armamento. Y aunque esto representa tan sólo 2% del PIB global, es cuatro veces el valor de la inversión global en estrategias para mitigar el cambio climático y 15 veces el valor invertido en el mismo año en infraestructura para agua y saneamiento.

En contraste, entre 1981 y 2016 la guerra cobró 2,9 millones de muertes, el equivalente a unos 27 atentados terroristas como los del 11 de septiembre, por año. A su vez, anualmente mueren 13 millones de personas por la insalubridad del medio ambiente, de los cuales siete millones se atribuyen a la calidad del aire y 1 millón a la falta de agua potable y saneamiento, según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud.

Así, las inversiones y los resultados son contradictorios en un mundo que, por un lado, invierte enormes sumas en un asunto que por naturaleza cobra decenas de miles de vidas; y por el otro, reúne esfuerzos para salvar vidas a cuentagotas, buscando erradicar la pobreza extrema, el hambre y reducir los índices de morbilidad y mortalidad relacionados con factores medioambientales.

Y la receta para mitigar esas asimetrías se mantiene atrapada en los debates sobre la globalización, pues ésta, según los teóricos, tiene múltiples consecuencias sociales, entre las que destacan el terrorismo y el daño medio ambiental.

En otras palabras, el terrorismo es catalogado como la conducta que va contra toda civilización, la libertad y la democracia actual, en tanto el daño medio ambiental tiene
consecuencias de igual o mayor magnitud que las del terrorismo, razón por la cual ambas conductas deben catalogarse como terroristas.

Y, sí, la crisis climática es un síntoma inequívoco de los atentados que hemos hecho contra la naturaleza y cuyos costos no podremos cuantificar.

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Luis Fernando Ospina.
Luis Fernando Ospina.

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