El COVID-19 no logró bajar la fiebre del planeta

El freno de mano que la pandemia del COVID-19 produjo sobre las actividades planetarias no fue suficiente para reducir la velocidad con la que siguen creciendo los índices sobre el calentamiento global. Las concentraciones de Gases de Efecto Invernadero (GEI) en la atmósfera registran niveles sin precedentes y no dejan de aumentar. Estamos lejos de cumplir los objetivos acordados de mantener el aumento de la temperatura por debajo de 2 °C o de limitarlo a 1,5 °C por encima de los valores de referencia de la era preindustrial, según el más reciente informe de la Organización Metereológica Mundial.

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El aumento de la temperatura planetaria no cesa. Los gases de efecto invernadero están de regreso y la pandemia no logró revertir sus niveles y, por el contrario, tienen a ser más intensos. Foto: Hernán Vanegas.

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El planeta sigue con la fiebre alta y con pocas probabilidades de mejorar, porque si bien la pandemia del COVID-19 ayudó a contener los estragos de la infección climática, los síntomas del paciente Tierra volvieron a mostrar un deterioro progresivo de su estado de salud y estamos lejos de ver mejoría, según los diagnósticos hechos por un grupo de expertos sobre cambio climático.

En efecto, el informe publicado ayer es contundente en afirmar que son crecientes e irreversibles los impactos del cambio climático sobre los glaciares, los océanos, la naturaleza, las economías y las condiciones de vida de la población global.

Es más, los efectos del COVID-19 han sido más dañinos que benéficos para la acción climática, pues la pandemia ha entorpecido la capacidad para monitorear los cambios, a través del sistema mundial de observación.

El secretario General de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, advirtió en tono lacónico que “este ha sido un año sin precedentes para las personas y para el planeta. La pandemia de COVID-19 ha trastocado vidas en todo el mundo. Al mismo tiempo, el calentamiento de nuestro planeta y la alteración del clima han continuado a un ritmo acelerado. Nunca antes ha sido tan evidente la necesidad de aplicar transiciones limpias, inclusivas y a largo plazo que permitan afrontar la crisis climática y hacer realidad el desarrollo sostenible. Debemos convertir la estrategia de recuperación de la pandemia en una auténtica oportunidad para forjar un futuro mejor”.

“Necesitamos ciencia, solidaridad y soluciones”, agregó Guterres.

Qué dice el informe

El informe United in Science 2020, el segundo de una serie, está coordinado por la Organización Meteorológica Mundial (OMM), y cuenta con aportaciones del Proyecto Carbono Global, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), la Comisión Oceanográfica Intergubernamental (COI) de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) y el Servicio Meteorológico del Reino Unido.

En él se presentan los datos y resultados científicos sobre el cambio climático más recientes, a fin de contribuir a la adopción de medidas y políticas mundiales bien fundamentadas.

Los datos son alarmantes y demandan acciones globales, contundentes y articuladas de la comunidad internacional. Las concentraciones de Gases de Efecto Invernadero (GEI) son las más altas en 3 millones de años y no dejan de incrementarse. El período 2016-2020 será el quinquenio más cálido jamás registrado y, aunque “muchos aspectos de nuestras vidas se han visto alterados en 2020, el cambio climático avanza implacable”, aseguró el Secretario General de la OMM, Petteri Taalas.

Emisiones de GEI siguen sin techo

Las concentraciones de gas carbónico (CO2) no han dado señales de tocar techo y siguen aumentando hasta alcanzar nuevos registros sin precedentes. Por ejemplo, las estaciones de referencia de la OMM informaron de concentraciones de CO2 de más de 410 partes por millón (ppm) durante la primera mitad de 2020.

Es más, en las estaciones de Mauna Loa (Hawái) y el cabo Grim (Tasmania) se registraron 414,38 ppm y 410,04 ppm, respectivamente, en julio de 2020, frente a las 411,74 ppm y 407,83 ppm de julio de 2019.

Así las cosas, la reducción en las emisiones de GEI tendrá un efecto muy limitado en la tasa de incremento de sus concentraciones atmosféricas, dado que éstas son el resultado de las emisiones actuales y pasadas y del período de vida sumamente prolongado de ese gas.
Para estabilizar el cambio climático, las emisiones deben reducirse de forma sostenida hasta lograr que las emisiones netas equivalgan a cero.

Se estima que en 2020, las emisiones de CO2 disminuirán entre 4 y 7%, como efecto de las medidas de confinamiento impuestas a raíz del COVID-19, pero el porcentaje exacto de reducción dependerá de la evolución que siga la pandemia y de las respuestas que los gobiernos brinden ante ella. A principios de abril de 2020, en el momento duro de la pandemia, las emisiones mundiales diarias de CO2 de origen fósil disminuyeron 17 % con respecto del mismo período de 2019, una reducción sin precedentes.

Con todo, las emisiones se mantuvieron en niveles de 2006, una clara muestra del drástico incremento experimentado a lo largo de los últimos 15 años y de la constante dependencia de los combustibles fósiles para la generación de energía. A principios de junio de 2020, las emisiones volvieron a situarse cerca de los niveles de 2019 (del 5%, en un intervalo del 1 al 8%), cuando se alcanzó un nuevo récord de 36,7 gigatoneladas (Gt), es decir, un 62 % más de emisiones que las registradas cuando empezaron las negociaciones sobre el cambio climático en 1990.

Las emisiones mundiales de metano procedentes de actividades humanas han seguido aumentando en el último decenio y no son compatibles con las trayectorias que deberían seguir las emisiones para alcanzar los objetivos del Acuerdo de París.

Disparidad en las emisiones

En el informe sobre la disparidad en las emisiones de 2019 se mostró que para alcanzar el objetivo de mantener el calentamiento global en 2 °C entre 2020 y 2030, las emisiones mundiales deberían reducirse cada año cerca de un 3%, mientras que para alcanzar el objetivo del Acuerdo de París de mantener el calentamiento global en 1,5 °C deberían lograrse reducciones anuales medias superiores al 7%.

En el primer caso, la disparidad en las emisiones será de 12 a 15 Gigatoneladas de CO2 equivalente. En el segundo, en cambio, se estima que la brecha oscilará entre 29 y 32 Gt de CO2 equivalente, valores que corresponden aproximadamente a las emisiones combinadas de los seis mayores emisores.

Los organismos responsables del informe aseguraron que si bien todavía es posible salvar la disparidad en las emisiones, es necesario tomar medidas urgentes y concertadas entre todos los países y todos los sectores. Por ejemplo, en materia de energías renovables y eficiencia energética, medios de transporte con bajas emisiones de carbono y supresión progresiva del uso del carbón.

Más allá del horizonte de 2030, se necesitan nuevas soluciones tecnológicas y un cambio gradual en los modelos de consumo a todos los niveles. Pero cabe destacar que ya existen soluciones viables desde el punto de vista técnico y económico.

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La variabilidad climática es evidencia clara del cambio climático. Las inundaciones son cada vez mayores y más frecuentes, con lo que los desplazados climáticos crecen en todo el mundo. Foto: Hernán Vanegas.

Caliente, caliente

La OMM espera que la temperatura media mundial 2016-2020 sea la más cálida de la que se tiene constancia, con 1,1 °C por encima de la media alcanzada entre 1850-1900, que es el período que se tomó como referencia para evaluar el cambio que la temperatura ha experimentado desde la era preindustrial. Entre 2011 y 2015 el aumento fue de 0,24 °C.

De 2020 a 2025, la probabilidad de que por los menos en un año se superen en 1,5 °C los niveles preindustriales es del 24 %, y hay una probabilidad muy reducida (3 %) de que la media correspondiente a los cinco años supere ese umbral. Es probable (70 % de probabilidades) que durante los próximos cinco años, haya uno o varios meses con una temperatura por lo menos 1,5 °C por encima de los niveles preindustriales.

La velocidad de subida del nivel medio del mar a escala mundial se incrementó entre 2011-2015 y 2016-2020. Las consecuencias más graves se han debido a fenómenos meteorológicos y climáticos extremos. En muchos de ellos, se ha reconocido una clara huella del cambio climático inducido por el hombre.

Los glaciares y los mantos de hielo de todo el mundo han perdido masa. Entre 1979 y 2018, la extensión de hielo marino en el Ártico se ha reducido en todos y cada uno de los meses del año. El aumento de los incendios forestales y el brusco deshielo del permafrost, así como los cambios en la hidrología del Ártico y las montañas, han modificado la frecuencia y la intensidad de las perturbaciones que sufren los ecosistemas, señala el informe de la OMM.

Los océanos, espejo del Cambio Climático

Los océanos de todo el mundo han sufrido un aumento de la temperatura sin interrupción desde 1970 y han absorbido más del 90 % del exceso de calor del sistema climático.

Desde 1993, la tasa de calentamiento de los océanos y, por tanto, la tasa de absorción de calor se ha más que duplicado. La frecuencia de las olas de calor marinas se ha multiplicado por dos y ahora su duración, intensidad y extensión son mayores, lo que provoca episodios de decoloración coralina a gran escala.

El océano ha absorbido entre el 20 y el 30 % del total de emisiones antropógenas de CO2 desde la década de 1980, y ello ha incrementado su acidificación.

Aproximadamente desde 1950 muchas especies marinas se han desplazado en busca de hábitats adecuados y han alterado sus comportamientos estacionales en respuesta al calentamiento de los océanos, los cambios en el hielo marino y la pérdida de oxígeno.

El ritmo de subida del nivel medio del mar a escala mundial de 2006 a 2015 es de 3,6 ± 0,5 mm anuales, un valor sin precedentes para el conjunto del siglo pasado.

Los desplazados climáticos

De aquí a 2050, la cantidad de personas en riesgo de verse afectadas por crecidas aumentará de los 1.200 millones actuales hasta los 1.600 millones. Desde principios hasta mediados de la década de 2010, 1.900 millones de personas (27% de la población mundial) vivía en zonas potencialmente sujetas a una grave carestía de agua. En 2050, esa cifra podría aumentar hasta situarse entre los 2.700 y 3.000 millones de personas.

En 2019, el 12 % de la población mundial bebía agua procedente de fuentes no mejoradas y no potables. Más del 30 % de la población mundial, esto es, 2.400 millones de personas viven sin acceso a ninguna forma de saneamiento. Se prevé que el cambio climático aumente el número de regiones con estrés hídrico y agrave la escasez de agua en aquellas regiones que ya lo padecen.

Es evidente que la escorrentía anual de los glaciares alcanzará su máximo a escala mundial a más tardar a finales del siglo XXI. Después, se prevé que la escorrentía de los glaciares se reduzca en todo el mundo, con las consiguientes implicaciones para las reservas de agua.

Se estima que en Europa Central y el Cáucaso ya se ha alcanzado el nivel máximo, y que en la región de la meseta tibetana se alcanzará entre 2030 y 2050. Puesto que en esa región la escorrentía procedente de la cubierta de nieve, el permafrost y los glaciares representa hasta el 45 % del total del caudal de los ríos, la disminución de su volumen afectará a la cantidad de agua disponible para 1.700 millones de personas.

Monitoreo, en confinamiento

La pandemia, así mismo, ha afectado los sistemas de observación, lo que cambió la calidad de los pronósticos y de otros servicios meteorológicos, climáticos y oceanográficos. En marzo y abril, las observaciones realizadas desde aeronaves se redujeron entre el 75 y el 80 %, y ello socavó el grado de acierto de los pronósticos generados a partir de modelos meteorológicos.

Desde junio, solo se ha producido una ligera recuperación. Las observaciones realizadas en estaciones meteorológicas manuales, en particular en África y América del Sur, también se han visto muy afectadas.

En el caso de las observaciones hidrológicas, como las que cuantifican los caudales fluviales, la situación es similar a la que se vive con las mediciones atmosféricas in situ. Los sistemas automáticos siguen proporcionando datos, mientras que las estaciones de aforo que dependen de lecturas manuales se han visto afectadas.

Cuatro estudios sobre variables como el carbono, la temperatura, la salinidad y la alcalinidad del agua en todas las profundidades oceánicas, que se realizan solo una vez por decenio, han sido cancelados. Las mediciones del carbono en superficie efectuadas desde buques, que permiten conocer la evolución de los gases de efecto invernadero, también se han interrumpido.

Las consecuencias en el monitoreo del cambio climático son a largo plazo. Es probable que impidan o restrinjan las campañas de medición del balance de masa de los glaciares o del espesor del permafrost, que suelen llevarse a cabo al final del período de deshielo.

La interrupción general de las observaciones conllevará la aparición de lagunas en las series temporales históricas de las variables climáticas esenciales, imprescindibles para monitorear la variabilidad del clima, el cambio climático y los efectos conexos, concluye el estudio de la OMM.

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