El agua, ese frágil hilo de la vida

El mundo afronta una crisis de salud como consecuencia de la pandemia del coronavirus, pero no puede olvidar que padece en silencio otra, devastadora: el cambio climático. El agua que es fuente de vida se ha convertido en tragedia para millones de personas que no tienen acceso a ella. El planeta le dio la espalda a sus fuentes de agua y está en juego la supervivencia.

Agua 1

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El escritor colombiano William Ospina (Herveo, Tolima, 1954) descubrió, tal vez en uno de sus encuentros imaginarios con Poseidón, el dios griego y Señor de los Océanos, que el agua no es un servicio público, sino un milagro.

Y no cualquier milagro. El agua es la vida y no existe vida sin agua. Lo que no logramos entender es cómo todos los días, desde la misma Creación, el milagro se hace posible a través de un ciclo que comienza en los océanos, sube a los cielos, cae a la tierra y se riega a través de los ríos, los páramos, los acuíferos y llega hasta nuestras casas, aunque no a todas, porque ese milagro que debería ser universal, el hombre se ha encargado de hacerlo selectivo, así, paradójicamente, sepa que el 95 por ciento de su cuerpo es agua.

Entender el ciclo del agua es hacer visible el milagro de la vida. William Ospina lo cuenta mejor: “No hay agua sin mares que se evaporen, sin bosques que enfundan niebla, sin páramos que condensen la humedad, sin humedales que filtren, sin ciénagas que oxigenen”.

Luego, en una especie de escalera mágica, cada eslabón es parte integral del sistema. Afectar el mar implica afectar los bosques y afectar los bosques implica afectar los páramos, y así sucesivamente, hasta provocar lo que ahora estamos viviendo por múltiples razones, pero en especial por una: la actividad humana que fragmentó gravemente los ecosistemas, contaminó las aguas, deforestó los bosques y cambió dramáticamente los ciclos del clima.

Así las cosas, un cuerpo que nació limpio y sano, hoy está enfermo y agoniza por culpa de no haber entendido que el milagro también puede convertirse en pesadilla y catástrofe. Así como el aire es nuestro sistema respiratorio exterior, en palabras del poeta Novalis, el agua es nuestro sistema circulatorio exterior.  “Somos parte inconsciente del agua”, asegura William Ospina. Sólo que hemos perdido la conciencia de lo que ello implica y compromete.

Pero el ser humano aprende, o por conciencia o por dolor. Y las cifras alrededor del agua nos deberían servir para tomar conciencia, porque de verdad causan dolor. Veamos.

El planeta tiene cerca de 9.700 millones de habitantes, pero de ellos, 2.100 millones carecen de agua potable (3 de cada 10) y de éstos, 844 millones carecen de servicio básico, es decir, consumen agua contaminada y vierten sus residuos a las mismas aguas que consumen, según el estudio hecho por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación (FAO) en 2019.

El consumo mundial de agua se multiplicó por seis en menos de cinco décadas, el doble de la tasa de crecimiento poblacional.

El 80 por ciento de las aguas residuales que se desprenden de las actividades humanas van a los ríos y a los mares sin ningún tratamiento. Basta con saber que el 95 por ciento del agua del planeta está en los océanos para entender el daño que se les hace a los ecosistemas. El 3 por ciento, correspondiente a las aguas dulces, está en los glaciares y los páramos, y una pequeña parte, el 0.5 por ciento está congeladas, y el resto en los acuíferos y aguas subterráneas.

La contaminación de los océanos provocó la extinción de cerca de 267 especies, así como el aumento de las temperaturas por acción del cambio climático ocasionó un aumento en el nivel medio del mar de 16 cm a 21 cm desde 1900 a la fecha, a una tasa de crecimiento de 3 mm por año. A 2017, la temperatura aumentó un grado centígrado, a una tasa de 0,2 grados en la última década.

La mitad de los arrecifes de coral se han perdido desde 1870 y la huella de carbono se ha incrementado 40 por ciento en los últimos cinco años.

Más grave aún: la demanda de agua para actividades humanas crecerá el 55 por ciento de acá a 2050, según la UNESCO, pero la que estará disponible para esa fecha sólo se habrá incrementado en 10 por ciento. Un déficit de 40 por ciento en los próximos 30 años, sin contar los saldos rojos acumulados.

Ese incremento en la demanda de agua mundial se divide así: 400 por ciento más en labores de producción, 140 por ciento más en generación de energía y 130 por ciento más en consumo humano.

Según el mismo informe de la FAO, 4.000 millones de personas (dos terceras partes de la población mundial) padecen hoy escasez de agua por lo menos un mes durante el año, y 4.500 millones no disponen de un saneamiento seguro. De ellos, 2.300 millones de personas carecen de alcantarillado y plantas de tratamiento de agua.

Los efectos son devastadores: 361 mil niños menores de cinco años mueren cada año por enfermedades asociadas a aguas contaminadas o no tratadas, entre otras, cólera, diarrea, disentería, hepatitis, fiebre tifoidea y tuberculosis.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), llamada el Club de los Países con Buenas Prácticas y a la que recién ingresó Colombia como su miembro 38, estima que 2.400 millones de personas seguirán sin acceso al agua y 1.400 millones sin alcantarillado, lo que provocará el desplazamiento forzado de 700 millones de personas, así como otros 159 millones tendrán que seguir abasteciendo sus necesidades de agua extrayéndola de aguas superficiales, estanques y arroyos.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) estableció en su informe sobre el agua de 2018 que 1.800 millones de personas en el mundo consumen agua con residuos de materia fecal y 4.500 millones no tienen un inodoro a su alcance.

En 2025, es decir en un lustro, 1.800 millones de personas vivirán en países o regiones con altos niveles de estrés hídrico, en especial, en India y China, pero no será distinto en América Latina, incluido Colombia.

Hacia 2050, más de un 86% de la población de América Latina y el Caribe, estimada para 680 millones a 2025, se espera que viva en ciudades, lo que significa que se incorporarán a ellas cerca de 180 millones de habitantes adicionales y una disminución de la población rural desde los 127 millones de personas existente en 2015, a 108 millones en 2050.

En América Latina y el Caribe, más de 13 millones de habitantes urbanos no tienen acceso a fuentes mejoradas de agua y casi 61 millones a instalaciones mejoradas de saneamiento, situación que en el sector rural se agrava. Tan solo 65% de la población de la región tiene acceso al agua potable y 22% al saneamiento.

El Banco Mundial estima que el cambio climático le costará a la economía mundial el 6 por ciento del PIB, una cifra que no es posible poner en números, pero que equivale a casi todo el PIB de América Latina. Para garantizar el acceso al agua de quienes hoy no lo tienen cuesta el 1 por ciento del PIB mundial. De ese tamaño económico es parte del milagro del agua, sin contar lo que costaría recuperar los océanos, los bosques, los páramos, los acuíferos, los ríos y los humedales.

Mantener los niveles actuales de abastecimiento de agua en el mundo necesitaría una inversión por año de 1.4 billones de dólares de acá a 2030, según estimativos del Banco Mundial. Lo grave es que el propio BM estima que la escasez de agua a 2030 será de 2.680 kilómetros cúbicos por encima de las posibilidades que ofrece el planeta.

Para el Global Risk Report del Foro Económico Mundial, 2020, la crisis del agua es uno de los cinco mayores riesgos globales en términos de impacto sobre la población mundial, después de 1. Los fracasos de la acción climática, 2. Las armas de destrucción masiva, 3. La pérdida de biodiversidad y 4. El cambio climático, casi todas relacionadas entre sí. 

No hacer nada costaría entre el 2 y el 10 por ciento del PIB global en 2050 y el número de personas que se verían afectadas por falta de agua por lo menos un mes al año, debido al cambio climático, pasaría de 3.600 millones a 5.000 millones en 2030.

Por ejemplo, los incendios y las sequías en California en 2019 le costaron al estado no menos de 24 mil millones de dólares en pérdidas y los efectos colaterales a los ecosistemas serán incuantificables en el largo plazo. En Australia, con los incendios de 2019, no sólo se perdieron bajo el fuego 480 millones de animales, cinco millones de hectáreas de bosque y 24 muertos y 100 mil desplazados, sino que la recuperación de los estragos supera por mucho los 1.400 millones de dólares.

Toda una desproporción, porque parte de desconocer el milagro del agua ha provocado desconocer los beneficios que tiene invertir en el recurso hídrico. El Banco Mundial estima que un dólar invertido en solucionar el saneamiento básico del agua y posibilitar su acceso tiene un retorno de 6.8 dólares diarios en términos de la salud.

Pero cómo hemos llegado hasta este punto de no retorno. Basta con entender qué ha pasado con los océanos, los páramos, los bosques, los ríos y los humedales, para comprobar que se agota el tiempo para evitar caer en lo más profundo de la insensatez y del autoexterminio como humanos, porque la naturaleza siempre estará ahí, con el agua como milagro de vida. Un milagro capaz de convertirse en tragedia.

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