El confinamiento por COVID-19 es un experimento interesante pero no una solución para el problema de calidad del aire

El confinamiento por COVID-19 es un experimento interesante que da una idea de cuánto se puede mejorar la calidad del aire en las ciudades y cuál es la magnitud de las medidas que se requieren para eso. El reto es usar lo aprendido para no volver a los niveles de contaminación reportados antes de la pandemia, y para implementar y poner en marcha estrategias de recuperación social y económica que apunten hacia un futuro con aire más limpio y saludable.

La pandemia de COVID-19 ha puesto en evidencia dos puntos fundamentales relacionados con la calidad del aire

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Los últimos meses han sido retadores para la humanidad. La pandemia por COVID-19 ha desafiado a las sociedades de múltiples maneras que involucran lo humano, lo económico, lo ambiental y lo social. El miedo a enfermar o a que nuestros seres cercanos enfermen, el confinamiento, y la desaceleración de la economía han resaltado y quizás exacerbado brechas sociales y económicas en la sociedad.

Además, esta crisis ha puesto en evidencia dos asuntos fundamentales relacionados con la calidad del aire en las ciudades y los territorios.

Por un lado, se evidenciaron de manera más clara los impactos directos de las actividades humanas sobre la calidad del aire y lo que puede estar en juego para lograr tener un aire más limpio en las ciudades. El confinamiento, la disminución del número de vehículos en circulación, y la reducción de emisiones por actividades de la industria y el comercio proporcionaron una visión de cómo podrían ser las ciudades bajo condiciones de menores emisiones. Es un experimento interesante, que está siendo estudiado por numerosos científicos, porque da una idea de cuánto se puede mejorar la calidad del aire en las ciudades y cuál es la magnitud de las medidas que se requieren para eso.

Por otro lado, durante la pandemia múltiples estudios han presentado evidencia de que aquellas personas que han estado expuestas a condiciones del aire no adecuadas para la salud y la vida durante períodos prolongados, es decir las condiciones habituales en muchas ciudades, pueden ser más vulnerables a los impactos de enfermedades como COVID-19 [1]. Incluso, la evidencia científica indica que la tasa de mortalidad por COVID-19 ha sido más alta en lugares con mala calidad del aire debido a razones como que la capacidad pulmonar de las personas se reduce por años de exposición al aire contaminado.

Comprender mejor las relaciones entre la mala calidad del aire y el bienestar de la sociedad es crucial con miras a tomar decisiones durante y después de la pandemia, más aún sabiendo que de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), la contaminación del aire causa alrededor de siete millones de muertes prematuras cada año, en gran parte como resultado del aumento de la mortalidad por accidente cerebrovascular, enfermedad cardíaca, enfermedad pulmonar obstructiva crónica, cáncer de pulmón e infecciones respiratorias agudas. Desde esta perspectiva, la mala calidad del aire causa más muertes que la malaria, la violencia, el VIH/SIDA, las drogas, el alcohol y los accidentes de tránsito. En años anteriores a la pandemia, la mala calidad del aire ha causado incluso más muertes que las ocasionadas por COVID-19 hasta el momento, que alcanza un número aproximado de 1 millón cuarenta mil personas.

Además de los impactos sobre la salud, el Foro Económico Mundial ha calculado que la contaminación del aire le cuesta a la economía mundial alrededor de $225 mil millones de dólares anuales (aproximadamente 870 billones de pesos colombianos) en ingresos laborales perdidos. Estas pérdidas están relacionadas con los impactos negativos de la contaminación y la congestión del tráfico sobre las operaciones comerciales diarias, el desaceleramiento de la economía y la producción, e incluso sobre el rendimiento laboral individual, no sólo cuando el trabajo se desarrolla en espacios expuestos directamente a la contaminación del aire sino también cuando se desarrolla en oficinas y espacios interiores [2].

El confinamiento por COVID-19 no es una solución sostenible para los problemas de calidad del aire

Durante el confinamiento por COVID-19 algunos indicadores de calidad del aire mejoraron significativamente en múltiples ciudades del mundo, incluidas grandes áreas urbanas de Colombia como Medellín y el Área Metropolitana del Valle de Aburrá, y Bogotá. No obstante, es claro que se trata de una medida de emergencia, no sostenible por razones sociales y económicas, y que por lo tanto no va a resolver los problemas de calidad del aire en el largo plazo.

Tras los meses de confinamiento, muchas ciudades han puesto en marcha planes de reactivación con la intención de estimular la economía mientras se mantiene bajo control la propagación del virus sars-cov-2. Se trata de experimentos en desarrollo bajo continua evaluación, que por un lado obedecen a la necesidad de atender los problemas sociales y económicos exacerbados por el confinamiento; y por otro lado reconocen que la amenaza del nuevo coronavirus para la salud y la vida no ha desaparecido.

Aunque el proceso de reactivación de las ciudades ha sido parcial, ya empiezan a evidenciarse deterioros de la calidad del aire como resultado del aumento en las emisiones de contaminantes atmosféricos debido a, por ejemplo, la intensificación de actividades industriales y de transporte. De acuerdo con una publicación del diario The Economist de septiembre [3], ciudades como Roma, Londres, Nueva York y París están volviendo a niveles de contaminación del aire similares a los valores promedio registrados antes de la pandemia (Figura1). Para las ciudades Colombianas son esperables tendencias similares.

Figura1: Niveles de dióxido de nitrógeno para doce ciudades del mundo, para el período Enero-Agosto de 2020. Fuente: www.economist.com/graphic-detail/2020/09/05/air-pollution-is-returning-to-pre-covid-levels?

Es urgente actuar para mejorar la calidad del aire

La contaminación del aire no es sólo una de las principales causas de mortalidad a nivel mundial, sino una gran amenaza para el desarrollo sostenible de los territorios. La necesidad de recuperación tras la pandemia puede ser una oportunidad para actuar en favor de un futuro con aire más limpio y saludable. Un reto fundamental es cómo apuntar a mantener unos niveles más bajos de contaminación del aire sin que esto implique los costos económicos y sociales vividos durante la pandemia.

En una publicación del Banco Mundial de julio de 2020 [4], se plantean inquietudes del tipo ¿qué pasará una vez que los países pongan fin al bloqueo económico y se reanude la actividad económica?, ¿volverá a estar más contaminado el aire o pueden los países utilizar programas de recuperación económica para volver a crecer más fuertes y más limpios?, y se resalta el riesgo de que la calidad del aire incluso empeore tras la pandemia con respecto al estado anterior a la pandemia, como resultado de una posible relajación de las regulaciones ambientales motivada por la necesidad de estimular la recuperación y el crecimiento económico. En esta publicación se proponen tres posibles medidas:

● Mantener en marcha los programas de control de la contaminación del aire sin relajar las regulaciones ambientales en nombre del crecimiento económico. En este sentido, también es importante desestimular las actividades que podrían provocar un aumento de la contaminación del aire en el corto plazo.

● A medida que los gobiernos centran su atención en la recuperación económica, deberían adoptar o fortalecer los programas de estímulo fiscal para la implementación de estrategias de recuperación verde y sostenible, y así lograr un mayor crecimiento a la vez que se produce menos contaminación.

● Finalmente, los datos son clave. Los países deberían medir una gama más amplia de contaminantes y hacer que esta información esté disponible en tiempo real. Una combinación de monitoreos a nivel de la superficie y datos satelitales puede proporcionar información más precisa para los tomadores de decisiones y para la población.

Para lograr una calidad del aire adecuada en las ciudades se requieren cambios permanentes. La problemática de calidad del aire no es un problema menor y, junto con el cambio climático, merece ser abordado con mayor determinación, recursos suficientes y apertura frente a posibilidades de cambio de hábitos y comportamientos sociales.

Para enfrentar los problemas de calidad del aire en las ciudades se requieren medidas de largo plazo que tienen que ver con las formas como planeamos, construimos, y nos movemos dentro las ciudades. Las medidas para enfrentar la pandemia de COVID-19 son un experimento interesante para estimar cuánto se puede mejorar la calidad del aire de las ciudades mediante cambios en, por ejemplo, el transporte [5].

Aunque el confinamiento no sea sostenible, tal vez otras medidas como la reducción de las necesidades de transporte (ya sabemos que muchas reuniones se pueden hacer sin necesidad de que todos los asistentes se transporten hasta un mismo lugar) y el fortalecimiento de sistemas de transporte como la bicicleta podrían mantenerse en el largo plazo. Mejorar la calidad del aire contribuye a la mitigación del cambio climático y los esfuerzos de mitigación del cambio climático pueden, a su vez, mejorar la calidad del aire. El confinamiento ha dado evidencia empírica cuantitativa, muy difícil de obtener de otra manera, de que gran parte de la solución a los problemas de calidad del aire en las ciudades está dentro de ellas mismas.

Foto: cortesía Territorios Sostenibles.

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