Los milagros de Gustavo Wilches

Las reflexiones del profesor y experto ambientalista payanés son, en sí mismas, los milagros del conocimiento aplicado a las relaciones con la naturaleza. Su ponencia “Del deber de la esperanza a la obligación del milagro” reflejan su amplia visión de lo que nos pasa y lo que deberíamos hacer para superar la crisis ambiental del planeta.

Cordillera Central

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El profesor Gustavo Wilches Chaux no sólo tiene la cara de un viejo sabio, sino el conocimiento necesario para hacerlo evidente. Lleva buena parte de sus 66 bien vividos años al servicio de la ciencia ciudadana y a la exploración natural del entorno colombiano, pero en especial de su natal Cauca.

En menos de una semana, el catedrático payanés ha estado en varias conferencias, y Territorios Sostenibles pudo participar en la que ofreció el profesor Wilches a instancias de la Asociación de Municipios del Alto Patía, Asopatía, durante el foro virtual “Retos y desafíos frente al agua, identidad y territorio”.

Para Wilches, hablar de entidad y territorio pasa por entender y reconocer que el ordenamiento de nuestras ciudades y su propia delimitación político-administrativa son “cicatrices de la historia”, porque no es el hombre el que debería guiar ese ordenamiento, pues ha sido la naturaleza la que lo hizo hace más de 4.000 millones de años.

La vida en el planeta, según Wilches, es el milagro mismo de la evolución de los organismos unicelulares (incluido el hombre, cuando un esperma fecunda un óvulo) hasta convertirse en un ser multicelular después de nueve meses de gestación. Lo mismo pasa con los demás seres vivos de la naturaleza y, por ende, ese ordenamiento es aplicable a los ecosistemas.

Y sobre esa premisa, entre muchas otras, Wilches plantea una pregunta tan amplia y profunda como el mismo valle del Patía: ¿Cómo queremos que sea mundo, no cómo será, después de la Covid19? La respuesta de él es simple, pero integral: logrando que el milagro de la vida en el planeta se cumpla para todos.

Y, entonces, Wilches habla de las esporas de esporanza, uno de sus artículos publicados en 2014, en el que, a manera de metáfora, alude al arcoíris como una prueba del milagro de unir el agua y la luz en torno a la vida misma. 

Y dice Wilches, casi en poesía, que la “esperanza se construye transformando la realidad” y el primer paso es cambiar la forma en que hemos educado a nuestros niños. El mensaje a la infancia, advierte, no puede seguir siendo: Bienvenidos, pero han llegado a un barco a punto de naufragar.

En otras palabras, Wilches llama la atención al derecho que tienen los seres humanos a vivir bien. Y para ello es necesario entender el ciclo de la vida en el planeta. “Formamos parte de una crisis mundial, de la civilización, del desarrollo, del país, de cada territorio local”.

Luego, una particularidad de esta crisis es que el planeta dejó de ser un escenario y reclama su papel como actor. “Cada territorio exige ser oído, por las buenas o por las malas, a la hora de tomar decisiones que lo pueden afectar”, asegura Wilches. De ahí la importancia de la participación activa y consciente sobre lo que hemos hecho o hemos permitido que se haga con nuestra Casa Común.

Participar no es tener una parte, dice Wilches, sino “ser expresión activa de los procesos de transformación”, que es lo mismo que de la esperanza en un mejor planeta.

Nuestro desafío, en palabras del profesor, no es “salvar el planeta, que se salva solo, sino ganarnos el derecho de hacer parte de él. La transformación de nuestra relación con la tierra comienza en el pedacito de planeta del cual somos parte”. Bella forma de decirnos que es bueno pensar globalmente y actuar localmente, pero también “pensar y sentir el planeta desde cada territorio local”, desde el hogar, el barrio, la ciudad. “Participar es una manera de existir”, dice Wilches.

Y lanza un ultimátum: “O nos aliamos expresamente con los procesos de la vida o nos ponemos al servicio de su destrucción. No se trata de jugarnos la vida, sino de jugárnosla toda en favor de la vida. Reconocernos como eslabones de la vida en la tierra. Los humanos solos no podemos, necesitamos alianzas entre todos los seres vivos del planeta”.

Y las estrategias, dice Wilches, están en la naturaleza y existen antídotos contra la estupidez que nace de la visión monoteísta del mundo, del machismo y del racismo, que nos convirtieron el caos en miedo, sin entender que el caos es la más compleja y extraordinaria manera de mantener el orden.

De ahí lo relevante del concepto de “comportamiento emergente” del profesor Wilches en torno a la capacidad y el poder de lo local en términos de la transformación hacia lo global. Los llamados “sistemas enjambres” como instrumentos de “inteligencias distribuidas”. Y un comportamiento emergente, en palabras de Wilches, demanda por lo menos cuatro condiciones: un punto de partida simple, es decir local; unión de actores y experiencias de gestión; comunicación clara, fluida y permanente entre esos actores; y una intención expresa de dar un salto de lo local hacia un nuevo modelo de relación ecosistemas-comunidad. Entendiendo a Wilches, la crisis por el coronavirus no es una crisis humana, sino de la naturaleza y, por ende, “no es posible salir haciendo más de lo mismo que nos llevó a ella. La Covid19 es una respuesta inmunológica de la naturaleza”.

Por eso debemos ser eco de las voces de la naturaleza y darle el reconocimiento que tiene la encíclica del Papa Francisco “Laudato sì” en torno al cuestionamiento de los modelos económicos y los sistemas de producción que han relegado el valor de los seres vivos a mera mercancía de intercambio y explotación.

Entenderlo y, sobre todo, aplicarlo a la “nueva normalidad” es parte del milagro. El milagro de seguir vivos.

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