Vida silvestre, la sana reconciliación con la naturaleza

Colombia es uno de los 15 países más megadiversos del mundo, según Naciones Unidas. Ocupamos los primeros puestos en riqueza de especies de aves, anfibios y mamíferos, y poseemos una de las más ricas variedades de plantas. Ese patrimonio ha estado en riesgo, pero la pandemia ha permitido recuperar la importancia que tienen los ecosistemas en la lucha contra el COVID-19 y pensar en una recuperación económica bajo principios de crecimiento verde y bioeconomía. Hoy, en el Día Nacional de la Vida Silvestre, mostramos el valor de nuestra biodiversidad y las oportunidades que tenemos para salir de la crisis.

JULI30
Créditos: Pablo Velásquez

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Hoy, Colombia celebra el Día Nacional de la Vida Silvestre en medio de una de las más profundas crisis sanitarias y económicas en la historia de la humanidad: la pandemia del COVID-19.

Nunca como hasta ahora había sido tan visible y palparia la estrecha relación entre la naturaleza y el ser humano, así como evidentes las consecuencias para la salud del planeta la intervención irresponsable y desproporcionada sobre los ecosistemas.

No en vano, este coronavirus, que ya ha cobrado la vida de más de 660 mil personas y contagiado a más de 16 millones de personas en todo el mundo (datos a julio 28 de 2020), tuvo su origen zoonótico, es decir pasó de un animal al ser humano, según las primeras hipótesis de un pangolín, en Wuhan, China.

Ya había sucedido lo mismo en torno a otras enfermedades infecciosas como el VIH-Sida y el Ébola, en las que el comercio, consumo y tráfico de especies exóticas y silvestres fue el origen de la propagación en cadena.

¿Será que esta vez aprendemos la lección? No es claro todavía si como humanidad podremos establecer el equilibrio con la naturaleza, pero algo sí está claro: nada será igual después del COVID-19.

Colombia, como uno de los países más megadiverso del mundo, tiene una oportunidad única de convertir esta crisis en punta de lanza para regenerar sus ecosistemas y entrar en la era del biocomercio y las soluciones basadas en la naturaleza, entre muchas otras ventajas competitivas por su riqueza ambiental y su ubicación estratégica.

Colombia, a pesar de ocupar sólo el 0,7% de la superficie terrestre, ocupa el primer puesto a nivel global en mayor número de especies de aves y orquídeas, el segundo en plantas, anfibios, mariposas y peces de agua dulce, el tercero en palmas y reptiles, y el cuarto en mamíferos. Somos considerados como el país más biodiverso del mundo por metro cuadrado, según las clasificaciones de la plataforma IPBES.

Fauna y flora van de la mano

Tenemos más de 58.000 especies registradas y cerca de 31 millones de hectáreas protegidas, equivalentes al 15% del territorio nacional. De ahí que no se pueda hablar de fauna sin hacerlo también de flora.

El Sistema Nacional de Áreas Protegidas, en el que la fauna es eje central, está constituido por 59 áreas del Sistema de Parques Nacionales, 57 reservas forestales protectoras nacionales, 4 distritos nacionales de manejo integrado, 53 parques naturales regionales, 93 distritos regionales de manejo integrado y 13 distritos de conservación de suelos, 10 áreas de recreación, 96 reservas forestales protectoras regionales y 677 reservas naturales de la sociedad civil.

En ese inmenso tejido natural podrían habitar no menos de 27 millones de especies, según estudios recopilados por el Ministerio de Medio Ambiente en 230 colecciones, aunque sólo hayamos podido clasificar el 18 por ciento de ellas y sistematizar el 12 por ciento.

Así las cosas, resulta una oportunidad para el país avanzar en sus programas de regeneración de los ecosistemas, de infraestructuras verdes, de bancos de hábitat, de negocios verdes y de bioeconomía, pues no sólo está en juego parte de nuestro patrimonio de biodiversidad, sino el futuro de las nuevas generaciones, hoy más que nunca comprometidas en un cambio de rumbo del planeta.

Un cambio de conciencia que se ha visto reflejado en la mayor conciencia ciudadana sobre la tenencia de fauna silvestre, pues es alentador saber que en lo que va de 2020 se han recuperado no menos de 12 mil especies de animales, la mayoría de ellos (7.794) por entrega voluntaria. Los recuperados fueron 4.164 y del total, unos 7.000 han sido liberados en sus hábitats.

El tráfico de fauna ha disminuido en promedios del 25 por ciento cada año desde 2012, aunque sigue siendo una práctica muy ligada a costumbres ancestrales.

El Gobierno nacional ha entendido el valor estratégico de su biodiversidad y hoy, cuando se celebra el Día Nacional de la Fauna Silvestre, podrá contar y hacer visibles los resultados de las estrategias de crecimiento verde que fueron incluidas en su Plan de Desarrollo, en especial, la meta de 180 millones de árboles sembrados a 2022 como parte de la recuperación de bosques y ecosistemas de páramos, humedales y zonas de manglar, una de sus mayores riquezas en torno a los retos del cambio climático.

Crédito: Hernán Vanegas

Qué esta pasando en el mundo con la fauna silvestre

Una riqueza amenazada por múltiples factores, entre otros, la deforestación, la explotación ilícita de sus suelos y, por supuesto, el tráfico ilegal de especies, considerado el tercer negocio más rentable del mundo, después de la venta ilegal de drogas y de armas.

En los últimos 50 años, el planeta perdió el 63% de su fauna silvestre (animales vertebrados), según datos obtenidos del comportamiento de 16.704 poblaciones globales de más de cuatro mil especies de mamíferos, pájaros, aves, reptiles y anfibios, a instancias de la WWF.

La tasa de extinción de vertebrados es entre 100 y 1000 veces más alta de lo que sería sin la presión de los humanos.

En Centro y Suramérica se enfrenta la mayor amenaza, con una pérdida de 89% de vertebrados desde 1970, y una disminución del 83% de peces de agua dulce.

Expertos estiman que para 2050, sólo una décima parte de la tierra estará libre del impacto nocivo de la actividad humana, impulsada en buena parte por el consumo desmedido de la población mundial.

La degradación de la tierra impacta el 75% de los ecosistemas y afecta a más de 3 billones de personas.

El más reciente informe de la plataforma IPBES estimó que un millón de especies está en peligro de extinción por factores asociados a la pérdida de la biodiversidad en el mundo.

El Centro para los Objetivos de Desarrollo Sostenible (CODS), que maneja la Universidad de los Andes en Colombia, advirtió hace pocas semanas que el 80 por ciento de las metas fijadas en los ODS están en riesgo de no cumplirse por la pérdida de biodiversidad.

Y hay razones suficientes para entenderlo: además del millón de especies en peligro de extinción, hay una disminución de la productividad en el 23% de las tierras del mundo. El 66% de los océanos ya presentan acumulación de impactos. El 85% de los humedales del mundo se han perdido. Unos 32 millones de hectáreas de selva tropical han sido destruidas. El 50% de los arrecifes de coral fueron destruidos en el siglo XX. En 50 años, el tamaño de las poblaciones de los vertebrados ha disminuido. Y el 50% de las variedades de cultígenos y animales han desaparecido, según el informe del CODS.

Cómo opera y cuánto dinero mueve el tráfico de fauna

Las cifras más conservadores estiman la venta ilegal de fauna silvestre en 10 mil millones de dólares por año, pero existen registros no oficiales que la evalúan en US 20 mil millones. En América Latina se calcula en cerca de US 1.000 millones.

Según la WWF, el crimen organizado trasnacional mueve ilegalmente por el mundo cada año más de 100 millones de toneladas de peces, 1.5 millones de aves vivas y 440.00 toneladas de plantas medicinales.

Los pangolines, por ejemplo, son los mamíferos silvestres más amenazados por cazadores furtivos. Las incautaciones de sus escamas, que se considera tienen poderes medicinales, se multiplicaron por diez entre 2014 y 2018, según el último informe de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, 2019 (UNODC).

Ese mismo estudio advierte que “la actual pandemia podría conducir a un aumento del tráfico, ya que los productos derivados de la fauna y la flora pueden presentarse como remedios contra el coronavirus, en particular la bilis de oso, utilizada en la medicina china tradicional.

En uno de sus apartes, la UNODC advierte que “sin la interferencia humana de la deforestación, la captura, el sacrificio, el tráfico y el consumo de animales salvajes, la evolución y la transmisión del coronavirus habrían sido altamente improbables”.

El organismo basó sus conclusiones en las casi 180.000 incautaciones realizadas en 150 países, entre 1999 y 2019, cuando se incautaron más de 6.000 especies diferentes de mamíferos, reptiles, corales, peces y aves. De ahí su llamado: el coronavirus demuestra la necesidad urgente de poner fin al comercio mundial de vida silvestre.

Crédito: Hernán Vanegas

El llamado de Jane Goodall

El Secretario General de Naciones Unidas, António Guterres, envió un mensaje a la comunidad internacional, pero en especial a China, origen de la pandemia, en el sentido de poner fin al comercio perjudicial y peligroso de la vida silvestre y ejercer una presión global concertada sobre los gobiernos que lo permiten, además de campañas internas. Hace falta un cambio cultural para ayudar a poner fin a la demanda que impulsa dicho comercio ilegal de especies”.

En el mismo sentido, pero haciendo uso de su invaluable conocimiento y aportes a la sostenibilidad del planeta, se ha pronunciado Jane Goodall, la primatóloga que ha dejado ver el mundo de los chimpancés, para advertir que “la pandemia ha reanudado la polémica acerca del peligro de cazar, traficar y consumir animales salvajes”.

Los culpables, dijo, son “quienes realizan y permiten la caza furtiva y el tráfico de animales silvestres” y por eso “el llamado es a que la comunidad internacional actúe y sancione a quienes violan las normas y propician los negocios ilícitos de fauna”.

Goodall advirtió que “nuestra falta de respeto por los animales salvajes y nuestra falta de respeto por los animales de granja ha creado esta situación (del coronavirus) en la que la enfermedad puede extenderse para infectar a los seres humanos. Hemos llegado a un punto de inflexión en nuestra relación con el mundo natural”.

Para la naturalista y defensora de la conservación de los ecosistemas, llegó la hora de “dejar de comer carne y cambiar nuestra alimentación a dietas con vegetales, pero, sobre todo, sacar a la gente de la pobreza y repensar nuestras necesidades como consumidores, examinando si necesitamos todas las cosas que acumulamos”.

¿Seremos capaces de responder a su llamado?

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