En las entrañas de los ecosistemas terrestres y marinos de Cangrejo Negro

Tres meses después de que el huracán Iota, de categoría 5, arrasara con más del 90 por ciento de Providencia y Santa Catalina, la Expedición Cangrejo Negro ahora avanza en medio de los estragos ambientales, con el objetivo de establecer el estado real de los ecosistemas terrestres y marinos de las islas. Hay razones para la esperanza, pero también signos preocupantes sobre los efectos en sectores estratégicos para la conservación de la naturaleza. Uno de ellos es el de las aves polinizadoras, que hasta ahora parece sufrieron fuertemente el paso del huracán. Hablamos con Wilson Ramírez, biólogo del Instituto Alexander von Humboldt, uno de los líderes de la Expedición, y conocimos de primera mano cómo se lleva a cabo una de las expediciones científicas más importantes en la historia ambiental del país.

ecosistemas terrestres y marinos
El Cangrejo Negro, uno de los símbolos de la biodiversidad en el archipiélago, que deberá tener una protección especial que asegure su conservación. Foto: Felipe Villegas, Instituto Humboldt.

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Un silencio sobrecogedor y una quietud pasmosa recibieron a los “primeros pobladores” que llegaron a lo que antes era el bosque seco tropical de Providencia, convertido por efectos del huracán Iota en un amasijo de madera estéril.

Era el grupo de científicos y expertos de la Expedición Cangrejo Negro conformada por el Gobierno para establecer el estado de salud de los ecosistemas terrestres y marinos del archipiélago, azotados por las ráfagas de vientos con velocidades superiores a los 260 kilómetros por hora, los mismos que destruyeron el 98 por ciento de las casas en Providencia.

Dentro de esa especie de “expedición botánica” siglo XXI se encontraba un caminante y un enamorado de la biodiversidad, que se convirtió hace algunos años en biólogo y desde entonces no ha dejado de deambular entre bosques, humedales, ríos y quebradas tratando de aprender de los demás seres de la naturaleza.

Se llama Wilson Ramírez y lidera el grupo de expertos del Instituto Alexander von Humboldt que hace casi tres meses adelanta labores de investigación en lo que quedó de las islas.

Todavía se siente aturdido por tanto silencio encontrado en Providencia, pero ahora está más optimista y confiado en que es posible recuperar los ecosistemas, siempre y cuando se articulen los organismos de investigación, el Gobierno y las Corporaciones Autónomas, con las comunidades de raizales, a fin de trabajar unidos y hacia el mismo lado.

A partir de allí, dice Wilson, los retos son enormes. Y los identificó: primero, controlar las especies invasoras que amenazan la supervivencia de otras menos rápidas en colonizar espacios vacíos; segundo, establecer el estado de las aves polinizadoras que hasta ahora parecen haber sufrido los rigores del huracán y eso implica un alto riesgo para los ecosistemas; y tercero, rehabilitar y restaurar el bosque seco tropical y los manglares.

Un cuarto reto, añade, es remover la mayor cantidad posible de biomasa seca que quedó de la muerte de los bosques, pues ésta se convierte en un factor de riesgo de incendios como consecuencia de las sequías y las quemas para acondicionar terrenos usados en actividades agrícolas.

En esta conversación al natural, Wilson nos permite caminar con él hacia las entrañas de la Expedición Cangrejo Negro.

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Wilson Ramírez, biólogo, líder del grupo del Humboldt que trabaja en la restauración de los ecosistemas en Providencia. Foto: Felipe Villegas, Instituto Humboldt.

¿Qué encontró en las islas después del paso de Iota?

Wilson Ramírez: En Providencia, hemos podido comparar el impacto inicial del huracán sobre los elementos de los ecosistemas y la biodiversidad y lo que ha venido ocurriendo, semana a semana, dos meses después. Es alentador observar que la naturaleza se ha venido recuperando, pese al pesimismo que nos dio al momento mismo de ver los estragos de Iota. Ahora, con datos visibles e información real, nos damos cuenta que, por ejemplo, ahora hay una recuperación de entre 60 y 70 por ciento de las masas forestales, que rebrotan gradualmente, algo propio de los bosques secos tropicales, pues son especies que están sometidas a periodos muy fuertes de sequías y eso hace que exista una resistencia vegetal, genéticamente implantada, que hace posible ese rebrote natural.

Otra preocupación que teníamos al llegar al archipiélago era que las especies allí presentes suelen tener un carácter de endemicidad, es decir, que muchas de ellas, genéticamente se aíslan y van evolucionando como una entidad completamente independiente de otros pares genéticos en el Continente. El endemismo genera mucha preocupación, porque si se pierde una especie en el territorio, se pierde del planeta entero. Parte de esa preocupación es que varias de las especies que son de distribución muy restringida, incluso endémicas, entre otras, algunas palmas, aves, reptiles, hoy están, y esa es una gran noticia.

¿Pero cómo están esas especies después de semejante huracán?

Uno de los principales objetivos del Instituto era evaluar en detalle el estado de la biodiversidad en la isla y fue así como conformamos un grupo de expertos de las más altas calidades científicas y técnicas del país, con conocimiento en varias de esas especies de animales, en asuntos sociales, en flora y, por supuesto, en corales y manglares. La pregunta clave fue saber cómo están hoy las especies que son emblemáticas para el archipiélago y qué estrategias de rehabilitación debíamos proponer. Lo más maravilloso es que las especies están y eso de por sí ya es un elemento trascendental para recuperar los ecosistemas.

¿Cómo es la sensación personal y profesional cuando se llega a un ecosistema como el de las islas y no encontrar nada en pie?

Es de un profundo silencio, porque encontramos un bosque vacío. Eso es sobrecogedor, pues lo fascinante de estos sistemas es escuchar múltiples sonidos, ambientes y sensaciones que no se sienten en otros lugares. En Providencia no escuchábamos nada. Dos meses después, encontramos que esas sensaciones sonoras y físicas han venido apareciendo de nuevo, pese a que no sabemos cuántos individuos que son vitales para las islas aún existen. Sabemos que están, pero no cuántos.

Nos preocupan dos cosas: uno, cuando la naturaleza se ve arrasada, hay especies que son muy rápidas en colonizar otros espacios. Son esas llamadas especies pioneras, las primeras, y como tal, existen unas muy locales que es muy bueno que se estén recuperando, pero otras son de carácter invasor; esto es, fueron introducidas en algún momento, y al estar allí, siempre esperan una oportunidad para colonizar espacios. El huracán fue esa gran oportunidad que esperaban muchas de esas especies invasoras.

Hemos encontrado dos especies invasoras que están colonizando rápidamente las islas y es necesario reaccionar también con rapidez para controlarlas, no para erradicarlas. Si no se controlan, esos territorios irán paulatinamente perdiendo su riqueza ecosistémica y caería bajo el dominio de esos dos especies invasoras. Ya hicimos esa alerta a las entidades respectivas y propusimos que el paso siguiente es trabajar con las comunidades de la isla, los raizales, e identificar los puntos focales de invasión para controlarlos. No es erradicar, insisto. Es darles la oportunidad a esas especies que aparecen muy lentamente y, por ende, son presa fácil de las invasoras.

¿De qué especies estamos hablando?

Una de ellas se conoce como espuela de gallo, porque tiene grandes espinas y crece muy rápido, y la otra es la Leucaena, una especie de arbusto que se usa para forraje en ganadería, que estaba controlada antes del huracán, pero ahora se está expandiendo con fuerza hacia zonas despobladas por causa de Iota. Ambas especies están cubriendo de forma muy peligrosa buena parte de la isla y es necesario actuar para controlarlas.

¿Y no es otra preocupación en términos de biodiversidad la pérdida de tanto material vegetal, dado que cerca del 90 por ciento del bosque seco tropical se perdió al paso de Iota?

 Por supuesto que nos preocupó. Si algo es evidente después del paso del huracán es la pérdida de material vegetal, en especial hojas y ramas, que ahora están secos y por todas partes, lo que significa un alto riesgo de incendios por causa de las temperaturas que se están dando dentro del período seco que afrontamos. Este verano podría ir hasta junio y esa madera seca es combustible puro.

Hemos recomendado con urgencia activar todo un sistema de alertas tempranas en la isla, identificando dónde hay gran concentración de biomasa muerta para poder prevenir quemas e incendios y luego trabajar con las comunidades en la concientización del peligro que existe si se adelantan labores de quema para adecuación de terrenos.

Es necesario activar un sistema de monitoreo, comunicación , preparación y difusión para evitar más eventos catastróficos. La idea es diseñar procesos de prevención, pero también de reacción inmediata en el caso de que se presenten hechos inesperados. La posibilidad de que se presenten incendios en las islas este año es enorme, dado el intenso verano que se presenta y la gran cantidad de biomasa seca que aún existe y debe ser removida la mayor cantidad posible.

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Recuperar el bosque seco tropical de las islas significa asegurar la supervivencia de cientos de especies que habitan en él y dependen de sus raíces. Foto: Felipe Villegas, Instituto Humboldt.

¿Qué impacto ha tenido la pérdida de ese bosque tropical y otros ecosistemas en la salud de las aves propias de las islas?

La situación de las aves, después de la evaluación que hemos hecho, no es buena. Podemos decir que los otros grupos biológicos están bien, relativamente, pero el conteo de aves que hemos hecho es anormal. Muy por debajo de lo que en la isla se había podido cuantificar antes del huracán. Hoy están las aves típicas de Providencia, las endémicas, lo que es buena noticia, pero sí hubo una afectación grande dentro de ese grupo, por lo que vamos a necesitar más tiempo para saber por qué están tan bajos los registros actuales, en especial, de las aves polinizadoras que son vitales para el equilibrio de los ecosistemas y como grandes productoras de alimento. Nos preocupa el estado de una especie en especial, la de un colibrí único en la isla, del que sólo hemos encontrado uno. Los propios habitantes nos dicen que no lo han vuelto a observar.

¿Eso es muy grave, dado los efectos positivos que genera la polinización en los ecosistemas?

Sin duda. Desde el punto de vista funcional eso es trascendental, más allá de qué hay o no hay. Nos empieza a preocupar como investigadores cómo entender si la polinización en la isla es ahora una actividad funcional de la naturaleza y en qué estado se encuentra. No hemos hecho una evaluación detallada de insectos, pero lo haremos pronto, y prácticamente no los hemos visto. Esa es la preocupación, pues sin insectos y sin los colibrí el panorama es mucho más complejo.

La polinización no es sólo un asunto funcional, sino que tiene que ver con la seguridad alimentaria de las comunidades, sobre todo en Providencia, donde existe una cultura de construir patios y terrazas para la producción de alimentos, en especial, frutas.

¿Qué quedó en pie en la isla que pueda servir de inicio en la recuperación de los ecosistemas?

Creo que dentro de los retos, en términos de la recuperación de la biodiversidad, además de ejercer control sobre las especies invasoras, la remoción de gran biomasa muerta y restablecer el ciclo de la polinización, el otro es aprovechar el milagro de haber encontrado una pequeña parte de bosque que quedó en pie y está sano, una especie de isla verde en medio del desastre.

Eso es oro, porque es la única fuente de germoplasma que quedó en la isla. Es la fuente genética para poder rehabilitar el resto del bosque seco tropical. Ese pequeño bosque necesita una estrategia de conservación y así se lo hemos hecho saber a las autoridades ambientales.

Ahora se habla de aumentos en la temperatura de la isla por efecto de la pérdida de los árboles y el descopamiento de los pocos que quedaron en pie. ¿Cómo impacta ese el resto de los ecosistemas?

 La pérdida del material de cobertura es similar a lo que pasa cuando perdemos el techo de nuestras casas. Cuando eso pasa, el resto de la casa queda expuesta a los efectos de otros fenómenos. Perder el techo del bosque significa que la evaporación y la transpiración del sistema se ve incrementada de forma acelerada.

De hecho, cuando ha llovido se puede ver la pérdida de la capacidad de retención de agua en los suelos y la escasez en las fuentes hídricas, que se traduce en mayores niveles de sedimentación en los embalses y las pequeñas quebradas.

La otra evidencia de ese impacto es que cuando se ingresa a los bosques, la humedad interna no es la misma y eso provoca un éxodo de especies propias de ese lugar. De ahí la urgencia de introducir en esos lugares especies de plantas de cobertura rápida y que reducen la temperatura del territorio.

Una de esas especies afectadas por el aumento de la temperatura es el cangrejo negro, único en la isla, que depende de las hojas secas que caen de los árboles y de las raíces que dejan pequeños resquicios donde ellos puedan anidar. Muchos de esos lugares quedaron seriamente afectados y en urgente rehabilitar como hábitat de especies, no sólo de aves, sino de reptiles, polinizadores y plantas.

Este es parte del grupo de expertos y miembros de la comunidad raizal que trabajan en la Expedición. Es el conocimiento unido en torno al planeta. Foto: Felipe Villegas, Instituto Humboldt.

Se dice, con acierto, que esta pandemia recuperó para la ciencia un sitio de honor a la hora de la toma de decisiones con base en la evidencia. ¿Cómo ha sido la articulación del Instituto Humboldt con los demás organismos ambientales y con el Gobierno en esta oportunidad única de reconstruir la isla?

Nunca antes en la historia del Sistema Nacional Ambiental (SINA) todas las instituciones que de él hacen parte y tienen jurisdicción para Providencia habían trabajado juntas en busca de soluciones. Eso es muy positivo y, claro, representa la mejor oportunidad para hacer un proceso de recuperación y reconstrucción que marque un nuevo rumbo para Colombia.

Lo que ha quedado claro es que ante una emergencia como esta sí somos capaces de trabajar juntos y unir esfuerzos. Lo importante es saber que estamos acá y luego entender para qué estamos acá. En este tipo de emergencias hay que saber canalizar los conocimientos y los esfuerzos para conseguir mejores resultados.

Es vital entender que el juego de roles debe ser muy bien gestionado; es decir, debe haber un articulador, no necesariamente el gobierno, pues esto es un compromiso de todo un país. De lo más valioso que ha pasado es ver que las comunidades raizales y afro se pusieron desde el comienzo en la primera línea de trabajo, pues reconocen la importancia de la naturaleza para la vida, viven de la naturaleza.

¿Cómo se está aplicando en las islas el concepto de Soluciones basadas en la Naturaleza (SbN) como un elemento central de un nuevo modelo de ocupación?

 Lo primero que hay que entender es que después de un evento negativo, sea cual sea su origen, es mejor buscar soluciones que señalar culpables. De eso se trata cuando hablamos de Soluciones basadas en la Naturaleza (SbN), que son en su amplio espectro de acción identificar las raíces del problema, entenderlas y buscar soluciones.

En Providencia no había sido más relevante antes ese concepto, porque gran parte de las soluciones que necesitan las islas giran en torno a la naturaleza, y no sólo en términos ambientales, sino del propio tejido social y de conocimiento ancestral de sus comunidades. Por eso es tan importante el rol que cumplen los raizales, pero sin dejar de lado los aportes que están haciendo los expertos y los científicos a la hora de la toma de decisiones.

Estamos ante la más grande oportunidad de establecer un verdadero diálogo de saberes y de usar la co-creación como un elemento central de ese nuevo modelo de ocupación. Ya comenzamos con la construcción de los patios isleños y las terrazas y durante la expedición pudimos conocer el inmenso e invaluable conocimiento que tienen los viejos sabios de las islas sobre qué se produce en los territorios, cómo se incrementan sus usos y qué deberían tener esos patios para ser más resilientes y sostenibles. Estamos ante un tema de seguridad alimentaria de mediano y largo plazo.

Es evidente que Providencia fue la que más se afectó con el huracán y que el foco de la recuperación esté allí, pero ¿ cómo pensar en todo el ecosistema completo para lograr articular a San Andrés y Santa Catalina en todo el proceso de restauración de los ecosistemas?

 La reflexión profunda para todo el archipiélago es cómo planifico, cómo ordeno el territorio, para poder responder de forma eficiente y sostenible a los fenómenos de escala global. Esa es la gran pregunta que puede hacer la diferencia y de la respuesta que demos depende en buena medida el futuro de esos ecosistemas, porque no hay duda que los próximos eventos climáticos serán más fuertes y más seguidos.

En otras palabras, ¿está San Andrés y Providencia preparados para afrontar con éxito una nueva tormenta tropical que se convierta en huracán categoría 5 en menos de seis horas? Tenemos que asegurarnos que la respuesta sea que sí, pero falta mucho para lograrlo, porque la solución es de largo aliento y multinivel. La reflexión que debemos concitar entre todos es sobre si el modelo de ocupación que había es consistente con los retos del cambio climático. Creo que no.

Es necesario diseñar un nuevo ordenamiento territorial y ambiental de las islas. Tenemos una oportunidad para cambiar la historia, no sólo del archipiélago, sino de todo el país, y llegó la hora de dejar de mirar con retrovisor y poner el ojo en el futuro.

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