El manglar, un riñón enfermo dentro del ecosistema

Hoy es el Día Internacional por la Defensa del Manglar, pero hay poco para celebrar y mucho por hacer. De ambas cosas sabe bien Sandra Vilardy, bióloga marina y doctora en ecosistemas y medio ambiente, quien ha estudiado con vocación religiosa la importancia que tienen para el planeta estos bosques de agua salada y dulce. Los llamados bosques azules están en grave riesgo, pues la deforestación ha provocado la pérdida de más de 3.8 millones de hectáreas en los últimos 30 años. Colombia tiene dos mares y, como tal, ha sido doble el impacto y deterioro sobre los manglares y los cuerpos de agua que tenemos, pese a que son ecosistemas estratégicos para la biodiversidad y como muros de contención ante el cambio climático.

Sandra Vilardy Quiroga nació en Bogotá, pero su alma es caribe, es samaria, es ciénaga. No sólo ha investigado sobre los ecosistemas marinos, sino que se ha metido a los territorios indígenas, de pescadores y de campesinos. Es una bella mezcla entre mujer y manatí.

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El mundo celebra este 26 de julio el Día Internacional por la Defensa del Manglar, pero la humanidad sigue acabando con él. En 100 años perdimos un tercio de ellos y en las últimas tres décadas deforestamos no menos de 3.8 millones de hectáreas, de las casi 18 millones que existen en el mundo, según los registros más actualizados por la FAO.

Seguimos de espaldas al valor del agua como elemento central de la vida en el planeta. De ahí la importancia y la trascendencia de contar con personas como Sandra Vilardy Quiroga, una bióloga marina apasionada por estudiar los ecosistemas, quien se ha pasado más de la mitad de su vida metida en las profundidades de los territorios costeros, los mares, los humedales y, por supuesto, los manglares.

Es profesora de la Universidad de Los Andes, pero en Santa Marta es una especie de “mujer maravilla”, pues lleva años defendiendo y promoviendo la defensa de la Ciénaga Grande de la Magdalena, entre muchas otras iniciativas. Por eso aún le duele la tragedia en Tasajera, Pueblo Viejo, donde hasta ahora han muerto 46 personas después del estallido de un camión cisterna cargado de combustible. (Las heridas de Tasajera)

Hablamos con Sandra, no sin antes reconocer en ella algo maravilloso: nació, creció y se hizo mujer entre el agua. Tiene la cadencia de los ríos y la profundidad de los mares. Pero sobre todo, tiene una relación íntima con los manatíes. La primera investigación que hizo fue sobre esos hermosos animales y con ellos entendió la enorme capacidad de adaptación que ha tenido ella y su familia. Los manatíes, origen y final, la graduaron como una defensora con causa de los ecosistemas.
Los manglares nos animaron a esta conversación al natural.

¿Cuál es la importancia de los manglares en los ecosistemas?

Sandra Vilardy: Cada ecosistema tiene una función importante y diferenciada. Muchos hacen cosas parecidas, pero algunos tienen unas particularidades y cumplen distintas funciones estratégicas. Los manglares son bosques maravillosos que han logrado adaptarse a unas condiciones que ningún otro bosque ha logrado hacer. Esas condiciones son dos. La primera es que logran sobrevivir en terrenos que están inundados permanentemente y, la segunda, es que esa agua es marina, salina. Ambas situaciones son muy difíciles de conseguir en otros ecosistemas.

¿Cómo funcionan?

Los manglares son como una intersección entre tres mundos. Uno, el mar; otro, el terrestre; y el tercero, el de agua dulce. Entonces resulta maravilloso que un ecosistema logre incorporar esos tres mundos en uno solo y darle hábitat a un montón de especies que se mueven y emigran todo el tiempo entre esos manglares. Éstos permiten abrazar esas tres condiciones tan distintas. Los bosques de manglar, además de dar refugio, logran desempeñar un papel fundamental de servir de grandes filtradores, una especie de riñón de los ecosistemas, que impiden en buena forma que muchos sedimentos lleguen a los océanos y, en consecuencia, se puedan desarrollar otros ecosistemas. Lo más impresionante es que esos sedimentos que se quedan atrapados en los manglares les dan vida a otros sistemas y permiten la multiplicación de la vida en los mares.

¿Son distintos a los humedales?

Sí, pero cumplen funciones de equilibrio similares. Los manglares sirven de barrera contra los huracanes y las tempestades, evitan la erosión costera y son hábitat de las especies juveniles, vitales para la pesca. Son algo así como la guardería de los pescadores. Logran ser la fuente de proteínas para millones de personas en todo el mundo. Infortunadamente, esos riñones también están enfermos, porque sufren los daños ocasionados sobre los propios océanos, ríos y suelos.

¿Cómo se ha dado ese daño?

Los sistemas de manglar, en la actualidad, según el informe de la Plataforma Intergubernamental de Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos (IPBES) y la Convención Ramsar, sólo nos quedan entre el 35 y 40 por ciento de esos ecosistemas en el mundo. La degradación es mucho más marcada y dramática en Asia, pero en América Latina, y en especial en Colombia, las tasas de transformación de los manglares va en aceleración constante y es preocupante el deterioro de los mismos.

¿Cómo se da esa transformación?

Fundamentalmente, hemos venido destruyendo los bosques de manglares para urbanizarlos. También sufrimos procesos de alteración por sustracción de maderas para comercialización, en su mayoría ilegal. No ha sido menor el proceso de transformación de esos territorios para convertirlos en áreas de agricultura, en especial en el Pacífico colombiano y ecuatorial, aunque ha sido devastador en Asia y Centroamérica.

¿El efecto perverso de la fragmentación de esos ecosistemas?

Por supuesto. Hoy en día seguimos teniendo muchos problemas asociados a cómo les entra el agua dulce a los manglares. Sucede que éstos lograron adaptarse a la salinidad del mar, pero necesitan del agua dulce. Hay una visión muy cerrada de que los manglares pueden vivir solo con el agua salada y eso es crítico. Los vemos casi siempre en los deltas de los ríos, en los estuarios, pero ignoramos el camino por el que el agua dulce llega a esos ecosistemas. La consecuencia es el deterioro progresivo en la salud de los manglares, lo que podría agravarse aún más por los efectos del cambio climático, dados los cambios en el régimen de precipitaciones. Muchos de esos sistemas ya sufren estrés hídrico y marino y han comenzado a extinguirse. Está pasando en Australia, pero acá también podemos verlo de cerca, en la Ciénaga Grande de Santa Marta, y en ecosistemas más pequeños que no se consideran muy importante, aunque son vitales para la función de actuar como resguardo o guardería de cientos de especies de peces y moluscos.

El sistema de manglares ha sido otra víctima de la indolencia colectiva y de la miopía institucional sobre el valor de los ecosistemas.


¿Sucede con los manglares lo mismo que con el agua, que se nos volvió paisaje y le perdimos el valor y el significado para la vida?

Sí. Hemos cambiado nuestra visión del agua, que es parte de la tragedia de los manglares, de los humedales, de los páramos, de los ríos y de los océanos. No hemos logrado entender lo vital que es el ciclo del agua para la vida en el planeta. Esa visión positivista e ingenieril del planeta convertimos el agua en un recurso hídrico, es decir, pusimos su importancia en poder llevarla por dentro de un tubo, de un punto a otro. Se nos olvidó que el agua también debe fluir libre por toda la naturaleza y que el agua no es solo esa azul que vemos, sino que es verde, esa que circula por los suelos y por las plantas, y que hay agua que se evapotranspira y se evapora para poder cerrar el ciclo. Cuando desconectamos el agua de su contexto natural, de sus bosques, de sus riveras, de sus rondas, de sus planicies de inundación, fue que perdimos la gestión del agua. Esa simplificación del agua, en momentos de cambio climático, es mucho más grave y peligroso para la sostenibilidad del planeta. Vida y agua son indivisibles.

¿Hemos dado la espalda a la naturaleza a la hora de construir nuestras ciudades?

Sin duda. Tendríamos que hacer una revisión histórica sobre por qué le tenemos tanta aversión al agua, a los pantanos, a las zonas húmedas. Creo que tenemos que remontarnos a esa percepción de los conquistadores que acá llegaron desde la península ibérica, que es seca y que nunca entendió el agua, porque no fue parte de su vida, de su cultura. Llegar aquí y ver lagunas, lagos, ríos, páramos, fue un golpe para los españoles en su visión idealista de lo que eran tierras productivas. El agua fue algo indeseable para ellos, pese a que Colombia tiene el 30 por ciento de su territorio sobre el agua, somos un país anfibio.

¿Una visión miope del agua que parece sigue vigente, o no?

Actualmente, persisten conflictos normativos, y un ejemplo es que el Ministerio de Agricultura consideró durante muchos años que las tierras y humedales tenían que ser útiles y aptas, pues de lo contrario eran expropiadas a sus dueños. Para ello, crearon una serie de normativas sobre adecuación de tierras, que, en buena parte, no es otra cosa que desecar humedales para volverlos productivos. Lo más lamentable es que todavía está vigente mucha parte de esa normativa. Hay una tradición rural que sigue pensando que los humedales deben ser desecados para producir sobre ellos. La normativa urbanística, agrícola y de planificación va por el carril contrario de la normativa ambiental. El desbalance de poder es enorme.

¿Todo, pese a que nos ufanamos de tener una Constitución ecológica?

Tenemos una historia con subidas y bajadas. La Constitución, en especial la Ley 99, comenzó con un impulso enorme. La década del 90 es una era de grandes avances normativos y de conciencia ambiental del país. Lo lamentable es que la siguiente década fue de retrocesos y frenos en la implementación de esas normas. Por fortuna, hoy en día veo que hay un ímpetu ciudadano y de movilización social por retomar la agenda ambiental. Los jóvenes están jugando un papel fundamental en eso y necesitamos hacerlos visibles y empoderarlos. No sólo en la implementación de la política, sino en la capacidad institucional del Estado. Debemos mejorar el rol de las corporaciones autónomas, pese a que el trabajo sobre biodiversidad es valioso, sigue siendo insuficiente, y la disponibilidad de personal idóneo y capacitado para proteger nuestros parques naturales y los bosques, es insuficiente ante el tamaño del país.
Tenemos mucho papel, pero pocas neuronas y cabezas pensantes en torno a la gestión ambiental en Colombia.

¿Un desarreglo institucional que contrasta con la capacidad de asociación y coordinación de las comunidades locales, sobre todo en la protección de sus territorios?

Creo que hay dos elementos clave en esa distancia. Uno, el capital social y su capacidad de agencia en las regiones. En algún momento, nuestros campesinos, indígenas y pescadores, tuvieron mucha capacidad de agencia, de deliberación, pero la violencia llegó y acabó con buena parte de esa capacidad. Uno de los efectos más perversos de la violencia es que destruye el capital social. El miedo, cuando no la muerte, se apoderó de esos liderazgos. Lo otro es que en medio del miedo, las instituciones públicas locales y regionales no han sabido cómo abordar el problema. Los procesos de participación se convirtieron en un “chicharrón” que nadie quiere digerir. Se ha estigmatizado el papel de las comunidades en la resolución de los conflictos en los que, precisamente, son ellas las más afectadas. Aunque hay avances, los daños ya están hechos, porque esas poblaciones quedaron sometidas a la pobreza y a la marginalidad. Ese es un reto que sigue vigente y es urgente superar.

Hay ciertos conceptos que aparecen siempre en tus investigaciones y disertaciones: sistemas sociecológicos, resiliencia y etnoecología. ¿Cómo se aplican a los ecosistemas, a los manglares, por ejemplo?

Hablo de poder reconocer esa interdependencia que tenemos los seres humanos del funcionamiento de la naturaleza. De cómo cambian los territorios y con ellos cambiamos nosotros. Cómo hemos logrado en esa relación sistemas de conocimiento para adaptarnos a los cambios. Y hablo, sobre todo, de cómo yo he podido aprender de las comunidades que viven en medio de esa naturaleza, en los territorios. Los pescadores de la Ciénaga Grande, por ejemplo, no son mis sujetos de estudio, sino mis maestros. Los mejores conceptos sobre manglares y humedales no están en los libros, sino en las experiencias acumuladas por esas comunidades que habitan los territorios. Su capacidad de adaptación al cambio es maravillosa. Y esa adaptación tiene dos elementos centrales: la memoria, el conocimiento adquirido, y la innovación genuina frente al cambio. Resiliencia es memoria e innovación.

¿Y por qué aparece la mujer como protagonista en tus relatos?

Porque hay roles diferenciados. Es un tema del cuidado. La naturaleza nos cuida, igual que las mujeres tenemos ese rol de cuidar del otro, así haya sido invisibilizado o ignorado. Pasa algo parecido con la naturaleza, pero sobre todo con el agua. El mundo ambiental y de la ecología ha estado muy centrado en los bosques, pero no en el agua. Mujer y agua son un mismo mundo. Ambos se están agotando y nos lo están diciendo.

¿De qué habla el agua?

Habla del cambio. De nutrir. De albergar. De llevar. El agua es movimiento. Es vida, pero también ha sido muerte. Nuestros ríos son parte no contada de la violencia. Necesitamos escucharlos.

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