Bitácora de viaje de un expedicionario de “subsistencia”

Carlos Lasso es un investigador, pero conoce a Colombia de arriba abajo, pues ha sido líder de los proyectos más importantes que el Instituto Alexander von Humboldt ha desarrollado en nuestro país sobre recursos hidrobiológicos. Es un “general de campo” y a esta hora debe estar metido en una selva o montado sobre una chalupa recorriendo alguno de nuestros ríos. Hace unas semanas, el Instituto emprendió una expedición con cerca de 30 investigadores de Colombia, Venezuela y Guyana, cuyo objetivo, entre otros, es establecer cuál es el impacto de la caza y la pesca de subsistencia en la alimentación de las comunidades que habitan un extenso corredor de biodiversidad y riqueza biológica en las cuencas del Orinoco, Amazonas y el Magdalena. Entrevista.

investigador Carlos Lasso
El investigador Carlos Lasso se mueve como pez en el agua a la hora de hablar de recursos hidrobiológicos, pues lleva años conociendo nuestra riqueza acuática como parte del grupo de científicos del Instituto von Humboldt. Foto: Carlos Lasso.

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Somos tan ricos en temas de biodiversidad que muchas veces no sabemos ni siquiera qué tenemos. Mucho menos, qué comemos. Sobre todo cuando hablamos de alimentación de subsistencia.

Y subsistencia se refiere a esos insumos que en muchas regiones del país, en especial las más alejadas de las grandes ciudades y sin la presencia del Estado, son los únicos con los que se dispone para asegurar los mínimos proteicos de las comunidades asentadas en esa, la Colombia profunda. Es más, en la América profunda.

Dentro de esas posibilidades de nutrición, dos actividades marcan la diferencia a la hora de conseguir alimento: la caza y la pesca. Pero en este caso, la caza y la pesca de subsistencia.

¿De qué se trata el asunto? ¿Por qué hablar de esos temas? ¿Cómo se dan en nuestro país? Muchas preguntas y un experto para contestar estas y muchas otras.

Se llama Carlos Lasso, es uno de los investigadores senior del Programa sobre Biodiversidad y Recursos Hidrobiológicos y Pesqueros del Instituto von Humboldt, que junto a otros 30 profesionales de distintas vertientes del conocimiento, comenzaron una expedición hacia las profundidades de los ecosistemas terrestres y acuáticos de Colombia, Venezuela y Guyana, con el fin de establecer, entre otros, cuál es el impacto de la alimentación de la carne de monte y de la pesca en las poblaciones que habitan las cuencas hidrográficas del Orinoco, Amazonas, Magdalena, las mismas que atraviesan en un solo hilo la geografía de los tres países.

La investigación hace parte de un programa ampliado de trabajos sobre recursos hidrobiológicos y Carlos Lasso es digna muestra de lo que se está haciendo desde los centros de investigación con el fin de recopilar información basada en evidencia y, por ende, material fundamental en la toma de decisiones de política pública. Hablamos con él.

¿Cuando hablamos de recursos hidrobiológicos, a qué nos referimos?

Carlos Lasso: El concepto es mucho más amplio de lo que supone la definición en sí misma. Hablamos, por ejemplo, de especies como moluscos de agua dulce, crustáceos, camarones o cangrejos, pero también hacemos referencia a otros organismos que pasan sus momentos de vida, de forma parcial, entre el agua y la tierra.

Por eso, en lo personal, considero que el concepto de hidrobiología está un poco limitado. Me explico: las tortugas y los cocodrilos, que viven en las aguas dulces, para poder reproducirse tienen que colocar sus huevos en tierra, enterrados, y allí permanecen varios meses. Pero también salen a asolearse. Tienen ese equilibrio.

Y, además, entre los recursos hidrobiológicos que son pocos conocidos existen plantas acuáticas, algunos mamíferos acuáticos de agua dulce o marinos exclusivos, pero también aves acuáticas. Hay otras especies, entre otras, por ejemplo, la danta que depende del medio acuático para sobrevivir, o un chigüiro, que es una especie bien interesante.

Con esa explicación, estamos hablando de todo un ecosistema. ¿Cómo se relacionan, desde el punto de vista biológico?

Todos los recursos hidrobiológicos, es decir biología-agua, están ligados a los ecosistemas acuáticos, bien sea continentales, en tierra firme, y que pueden ser de agua dulce o salubre, como las desembocaduras, los estuarios de los ríos, los manglares; y, por el otro lado, tenemos los ecosistemas marinos. Y ambos interactúan de forma permanente. Existen otras tipologías de ecosistemas muy particulares como pueden ser los ríos subterráneos, los de montaña.

Todo ese conjunto de humedales es sinónimo de ecosistemas acuáticos, de la misma forma que recursos hidrobiológicos son parte de la biodiversidad acuática, en general.

¿De qué se trata, entonces, la investigación que comenzarán a realizar en Colombia, Guyana y Venezuela sobre lo que se conoce como alimentación de subsistencia?

Dentro de los recursos hidrobiológicos, por ley, cuando uno de éstos es objeto de una pesca o un aprovechamiento sostenible, pasa a denominarse recurso pesquero. Esto es, la pesca que encontramos en todos los ríos, en los mercados, en las plazas de los pueblos, si bien es un recurso pesquero que se usa de manera sostenible, no deja de ser un recurso hidrobiológico, tiene esa patente de origen.

Dentro de lo que es la pesca a gran escala, la industrial, la marítima, también existe la pesca en agua dulce en los continentes y, en el caso de Colombia, la que se hace en las grandes cuencas hidrográficas como las del Orinoco, Amazonas y del Río Magdalena, que dan de comer a millones de personas.

¿Hablamos de pesca de subsistencia?

Efectivamente. La pesca de subsistencia, por definición, es aquella que se realiza de manera sostenible como una fuente de alimento para que una persona pueda subsistir: un indígena que sale con su tribu, un pescador que adelanta sus faenas y consigue el sustento diario y para vender en el pueblo; así como muchos de los obreros que perdieron su empleo por causa de la pandemia y encuentran en los ríos un sustento para su alimentación.

Adicionalmente, para esas sociedades que viven lejos de las grandes ciudades, existe también la caza de subsistencia, cuya definición es la misma que para la de pesca, con la diferencia que acá se trata de especies de la fauna silvestre que son cazados en su medio natural como alimento, como una ingesta proteica, para esas comunidades indígenas, afros o campesinos, que por estar alejados de las urbes, encuentran en ese ecosistema los únicos aportes para su subsistencia.

Lo que sabemos es que ambas actividades se hacen de manera complementaria y eso es, precisamente, lo que queremos conocer sobre el terrero: cómo se hace, qué se consume, cuáles son los impactos y cómo se podría mejorar esas prácticas, sobre todo ahora que vemos los estragos de las enfermedades zoonóticas.

¿Pero esta investigación ya tiene otras bases, pues existen trabajos anteriores en torno al consumo de carne de monte y, por supuesto, de la pesca?

Así es. En 2012 hicimos un diagnóstico sobre el consumo de carne de monte y, desde 2010, venimos trabajando sobre los tipos de pesca que se hacen en el país, desde la comercial-artesanal, la deportiva o recreativa, la de recursos ornamentales, y nos faltaba un elemento fundamental: la pesca de subsistencia. Como nuestra misión es que se integran, estamos haciendo un desarrollo de investigación entre 20 o 30 expertos de tres países: Colombia, Venezuela y Guyana.

En el caso colombiano, en gran medida, tenemos la manguera, porque venimos trabajando de forma más exhaustiva en los últimos años, pero con los otros dos países existe un “know how” muy importante en su conocimiento local, pues comparten, o recursos o territorios con Colombia. Trabajamos bajo la premisa de que la biodiversidad no tiene fronteras.

pesca de subsistencia
La pesca de subsistencia es uno de los ejes de la investigación que hará el Humboldt en vastos territorios de Colombia, Venezuela y Guyana. Foto: Prensa Instituto Humboldt.

Hablando de premisas, ¿cuáles son las que se definieron para esta investigación, teniendo en cuenta los efectos que tienen esas actividades de subsistencia sobre los ecosistemas y la biodiversidad?

La pesca y la caza de subsistencia no tienen impacto sobre los ecosistemas, por definición. Tanto las comunidades indígenas, que las vienen haciendo desde hace siglos, como los colonos y los afrodescendientes, lo han hecho de forma equilibrada porque saben que dependen de ello para su propia supervivencia. Esas comunidades jamás van a “matar a la gallina de los huevos de oro”.

El problema, entonces, no son esas comunidades, sino los grupos que llegan de afuera y desconocen la importancia de la protección y conservación de esos ecosistemas y, por ende, los alteran. Cuando todos los elementos de la biodiversidad se ven afectados, se crean los desequilibrios ecológicos y ahora sabemos que de ahí parten muchas de las enfermedades de origen tropical como la leishmaniasis, el mal de chagas. Tenemos que seguir investigando.

Dentro de esas premisas, sin duda, deberán estar los impactos que sobre los ecosistemas ha tenido la pérdida de biodiversidad, la degradación de los bosques, el calentamiento global, es decir, el cambio climático…

De forma específica en esta investigación, no vamos a tocar el tema del cambio climático. Pero es obvio, que el cambio climático está provocando efectos evidentes sobre los seres vivos, sobre la biodiversidad, y lo hace de diversas formas.

Desde el Humboldt lo vemos de una manera más sinérgica, es decir, el cambio climático más el cambio antropogénico, o del antropoceno como se le conoce ahora, para ver cómo puede ser ese cambio generalizado que funciona de forma sistémica. Un ejemplo claro: los patrones de precipitación de lluvias, que son fundamentales en los temas de pesca.

¿Qué esperan confirmar o cambiar, si así ocurre, con esta investigación sobre alimentación de subsistencia?

Lo que pretendemos es elaborar una serie de casos de estudio puntuales en los tres países, en sus cuencas hidrográficas: Orinoco, Amazonas, Magdalena, Caribe, Pacífico o el Chocó biográfico, las cuencas de los ríos costeros en Guyana y la zona limítrofe andina, más las regiones naturales terrestres, que son básicamente las selvas de dichos países. Vamos a reportar varios casos de estudio, en los que trataremos de mostrar qué significa esa ingesta proteica, cuál es el aporte de la pesca, y partir del diagnóstico de qué está ocurriendo en cada una de estas cuencas, para lo cual los investigadores han venido recopilando datos desde hace mucho tiempo.

La idea es crear una plataforma de investigación robusta y pueda servir a los tomadores de decisiones en torno a como la biodiversidad, si se usa de forma sostenible, puede solucionar muchos de los problemas del ser humano y del planeta. Es información basada en evidencia, con datos recopilados en campo, con síntesis actualizadas in situ, pero no de información teórica, sino sobre el terreno.

Esta nueva expedición científica complementa otras que ha hecho el Instituto Humboldt y tiene como objetivo entregar información precisa para la toma de decisiones en todos los ámbitos posibles.

A propósito, ¿hemos tomado decisiones basadas en evidencia o seguimos atrapados en las discusiones con más tinte ideológico o político, sobre todo cuando hablamos de biodiversidad, cambio climático y alimentación?

Nuestro objetivo ha sido y seguirá siendo entregar conocimiento basado en evidencias para la toma de decisiones y, por fortuna, cada vez más somos tenidos en cuenta a la hora de definir proyectos y programas de política pública, es decir, acciones que van más allá de lo meramente político.

En el caso puntual sobre la caza y la pesca de subsistencia, queremos mostrarle a los actores del territorio la importancia de la biodiversidad sobre la alimentación a nivel de subsistencia, porque ha permanecido casi oculto porque no tiene mayores impactos en los indicadores macroeconómicos, pero sí en la sostenibilidad ambiental, social y productiva de miles de personas en zonas alejadas, no sólo en Colombia, sino en América Latina y el mundo, donde los sistemas tropicales ofrecen muchas posibilidades para el desarrollo sostenible.

Nota del Editor:

La Oficina de Comunicaciones del Instituto von Humboldt elaboró un documento de trabajo “Carne de monte y seguridad alimentaria: bases técnicas para una gestión integral en Colombia”, que compila la información contenida en varios estudios y análisis sobre la alimentación de subsistencia.

Estos son algunos de los datos más relevantes:

A partir de la revisión y análisis de 53 estudios sobre uso de vertebrados silvestres, publicados entre 2001 y 2011, y en su mayoría con datos en la región Andina, los investigadores (*) estimaron cuáles son las especies más consumidas en las zonas rurales colombianas.

Así, 140 especies de la fauna silvestre son objeto de caza por las comunidades rurales. Sin embargo, de 58 especies no se tiene información sobre el aporte de biomasa ni número de individuos cazados.

El grupo de los mamíferos es el más consumido en la ruralidad colombiana (45 por ciento), seguido por las aves (23 por ciento), peces (19 por ciento), reptiles (11 por ciento), anfibios (1 por ciento) y crustáceos (1 por ciento).

Las especies más consumidas en términos de número de individuos son: Cuniculus paca (tinajo, borugo, lapa, guagua o conejo), Dasyprocta fuliginosa (picure, guatín, ñeque, chaqueto), Tayassu pecari (manao, puerco de monte, tatabro, cafuche), Dasypus novemcinctus (armadillo, guerre jerre, cachicamo), Iguana iguana (iguana), Ramphastos tucanus (tucán, paletón), Amazona farinosa (loro), Podocnemis expansa (tortuga charapa) y Sciurus granatensis (ardilla).

Las comunidades de la Amazonia y el Pacífico son las que más consumen estos animales silvestres (129 especies). Le siguen la región Andina (100 especies), Orinoquia (78 especies) y Caribe (25 especies).

Hay que precisar que la región Andina incluye gran parte del piedemonte amazónico y orinoquense, además del Magdalena-Chocó. Es decir que estas especies no son solo del altiplano a grandes alturas.

Siete especies concentran los mayores registros de captura para la región amazónica: Cuniculus paca (lapa), Dasyprocta fuliginosa (guara), Podocnemis expansa (tortuga charapa), Podocnemis unifilis (taricaya), Chelonoidis denticulata (motelo o morrocoy), Dasypus novemcinctus (armadillo) y Tayassu pecari (puerco de monte).

La mayoría de las especies (75,1 por ciento) no está bajo alguna categoría de amenaza. Sin embargo, el análisis evidenció que 5,4 por ciento está en peligro crítico, 1,8 por ciento en peligro y 9,9 por ciento bajo la categoría de vulnerable.

Tan solo cuatro estudios informaron sobre el consumo diario de carne de monte en Colombia, en especial mamíferos, aves y reptiles, el cual oscila entre los 0,08 y 0,73 kilogramos. Pero estas cifras cambian drásticamente en las poblaciones indígenas de la Amazonia, Orinoquia y Pacífico, que arrojaron valores entre los 15,4 y 78,7 gramos día por persona.

(*) El análisis fue liderado por Nancy Vargas Tovar, contratada por el Humboldt como consultora para el estudio en referencia.

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