2020: de la pandemia y otros demonios climáticos

Un año bisagra. Nada volverá a ser igual. El planeta ha enviado un mensaje contundente: no resiste más abusos y necesita un cambio de visión global en torno al modelo económico, social y ambiental con el que hemos transformado la vida en la tierra. Todos los indicadores de la salud planetaria están fuera de control: la temperatura, la emisión de gases de efecto invernadero, la pérdida de biodiversidad, la deforestación, la contaminación del aire, la acidificación de los océanos, los ríos y los humedales, la destrucción de los glaciares y los páramos y, peor, la migración de millones de personas como consecuencia del cambio climático. Hablamos con Sergio Aranguren, miembro del IPBES, sobre las lecciones que nos deja este 2020 y los desafíos 2030.

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La pandemia del Covid-19 no sólo fue el hecho del año en el mundo, sino que marcará su futuro para siempre. Foto: Hernán Vanegas.

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Soberbia o humildad. Negar la existencia de fuerzas más fuertes que las humanas o aceptar que no somos los dueños del planeta. Encontrar los equilibrios y la armónica relación con los demás seres de la naturaleza o seguir desafiándola hasta comprobar que sólo somos una pequeña partícula de arena en medio del gigantesco desierto. Esa podría ser la reflexión que nos deje este 2020 como el año en que el mundo cambió para siempre por cuenta de un virus que llegó para quedarse.

No será posible mantener el statu quo decretado a la fuerza por los más ricos ni seguir apáticos e indolentes frente a la tragedia de los más pobres y vulnerables. La comunidad internacional dejará de estar girando en torno a la doctrina Trump de “América primero” y buscar consensos para hacer viable el llamado del Papa Francisco de trabajar juntos, porque “acá nadie se salva solo”.

¿Habremos aprendido algo después de semejante crisis económica, social, política y ambiental que nos provocó el coronavirus, no como un bicho microscópico de origen zoonótico, sino como un monstruo de mil cabezas que desnudó nuestras miserias y las innegables relaciones entre todos los seres de la naturaleza?

Más nos vale que sí hayamos aprendido la lección. Que de una vez por todas, el hombre entienda que no es el centro del universo y que la tierra seguirá existiendo con o sin su cooperación. Que ojalá esta costosa oportunidad que nos deja la pandemia sirva para cambiar el rumbo que nos lleva hacia la destrucción como especie. Que entendamos la frase de la líder mundial y experta en primates, Jane Goodall, quien dijo que nuestra tragedia como humanidad comenzó cuando desconectamos el cerebro del corazón.

O mejor aún, que aceptemos como propia la afirmación del premio Nobel de Economía, Josep Stiglitz, cuando afirma que el Covid-19 nos hizo entender lo pequeño que es el planeta y su fragilidad. Pero, en especial, que no hace falta comprobar lo que es evidente: que los virus no tienen pasaporte ni necesitan visa, pues viajan libremente por la tierra, tal como lo hacen los gases de efecto invernadero (GEI) causantes principales del cambio climático, quizás la mayor amenaza a nuestra supervivencia.

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Sergio Aranguren, profesor e investigador del IPBES. Foto: archivo personal

Una amenaza soportada en evidencia científica y datos incontrovertibles: la temperatura del planeta alcanzó en 2020 niveles superiores a los 1.3ºC respecto de la era preindustrial y estamos en el límite de la meta fijada para 2030 de evitar incrementos por encima de los 1.5ºC. La emisión de gases de efecto invernadero alcanzaron los 410 parte por millón de azufre, la más alta desde que se tienen registros.

La pérdida de los glaciares sigue en aumento y la deforestación en la Amazonia no se detiene, sin contar los daños provocados por los incendios forestales de 2019 y 2020. Los migrantes climáticos suman más de 300 millones de personas en todo el mundo.

No como resumen, sino como una especie de testamento 2020, territoriossostenibles.com habló con Sergio Aranguren, profesional en Relaciones Internacionales y Gestión y Desarrollo Urbanos y miembro del Convenio de Diversidad Biológica, Convención Ramsar, Plataforma Intergubernamental de Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos (IPBES), una de las organizaciones globales más importantes del mundo.

¿Cuáles son los hechos que marcaron este 2020?

Sergio Aranguren: Sin duda que la pandemia representa un hecho global sin antecedentes. La gran enseñanza que nos debería dejar esta crisis planetaria es que tenemos que ser mucho más responsables y justos en la forma en que nos apropiamos de las contribuciones que la naturaleza nos da. En términos de biodiversidad, es decir, de las experiencias recogidas por IPBES y todo el sistema internacional de medio ambiente, es claro que estamos frente a un cambio de paradigma y una ruptura de la visión de los ecosistemas que hasta ahora teníamos.

Creo que la pandemia, además de trastocar todo el calendario anual de eventos relacionados con la naturaleza y la biodiversidad, se convirtió en una oportunidad para definir nuevos modelos y nuevas estrategias que aseguren el equilibrio del planeta, porque no hay tiempo para hacerlo. Agotadas las metas Aichi, muchas de las cuales no se cumplieron, este 2021 nos brinda la posibilidad de ajustarnos a las realidades que estamos enfrentando, no sólo por la pandemia, sino por las cifras registradas en todos los ámbitos del cambio climático, deforestación de los bosques, pérdida de biodiversidad, crisis climática, calidad del aire y aumentos históricos en la temperatura del planeta.

 ¿Una oportunidad también para el IPBES?

Por supuesto. Ya se dio el primer paso y es que en junio se hará la primera reunión plenaria con miras a la Cumbre sobre Diversidad Biológica en Glasgow, en noviembre de 2021. Ahora, desde IPBES, esta pandemia nos dejó una gran enseñanza, pues hicimos un taller de expertos sobre biodiversidad y coronavirus, del que salieron dos documentos fundamentales: uno, de tipo técnico; y otro, con recomendaciones para tomadores de decisiones, en las que nos dicen cuáles son las relaciones entre las pandemias, ésta y las anteriores, así cómo las que eventualmente podrían aparecer después, con la forma de relacionarnos con la naturaleza.

La protección de la biodiversidad y entender su relación con los seres humanos marca un punto de inflexión en la vida en el planeta. Foto: Hernán Vanegas.

Todos los registros globales sobre la salud del planeta muestran deterioro progresivo y nos ponen en un punto de no retorno. ¿Qué debemos hacer, entonces?

Las tareas deberían estar claras y están soportadas en la evidencia científica que ha permitido conocer esos resultados. Y lo primero es establecer metas mucho más ambiciosas, pero alcanzables. Tenemos que actuar con inteligencia y no desde lo emocional. La experiencia vivida con las metas Aichi, que fueron definidas más desde lo políticamente correcto y no desde lo realizable, debe servir para avanzar. Para lograrlo, es necesario trabajar de forma articulada e intersectorial, pues ha quedado claro que no es posible seguir ignorando la enorme interrelación del hombre con los ecosistemas. Las soluciones basadas en la naturaleza son parte del nuevo modelo.

¿Cómo opera ese nuevo modelo en medio de la tensión permanente entre economía y desarrollo sostenible?

Las tensiones hacen parte del modelo y por eso es necesario tramitarlas con sentido de solidaridad y equidad con la naturaleza. La transición energética, por ejemplo, debe estar acompañada de transiciones socioecológicas, tal como lo viene proponiendo hace dos años el Instituto Humboldt. Y en estas últimas, el papel de las comunidades es fundamental. De ahí que la transversalidad no es una opción, sino un imperativo del desarrollo humano con visión de sostenibilidad. El modelo propuesto por los grupos de expertos y de la comunidad científica está basada en las transformaciones de base, desde lo local.

Desde lo local. ¿Cómo aprender de lo ocurrido en San Andrés y Providencia con el fenómeno de los huracanes ETA e Iota, que es uno de los grandes hechos de este 2020 en Colombia?

Hay un elemento central y que puede marcar la diferencia en torno a la forma en que abordemos el tema de las Islas. Tiene que ver con la capacidad de adaptación. Una adaptación basada en los ecosistemas. Lo de San Andrés y Providencia es un claro ejemplo de cómo se pueden aplicar los conceptos de las soluciones basadas en la naturaleza como un instrumento real de cambio en el modelo de desarrollo humano y ambiental. Acá, la biodiversidad y la protección de los sistemas marinos y de manglar resultan fundamentales para la recuperación sostenible de la región costera.

En la perspectiva de corto plazo y como signo positivo de este 2020, ¿cuál es el hecho más sobresaliente?

 Si uno pudiera decir que la pandemia despertó nuestra conciencia sobre la relación que tenemos con el planeta, ese podría significar un paso positivo para la humanidad y, entonces, tendríamos que valorarlo. Considero que en muchas personas así será y es necesario capitalizar este momento global de reconocimiento y aceptación de que no vamos bien y necesitamos cambiar nuestros hábitos.

En términos geopolíticos, que el Covid-19 también hizo visible, ¿el regreso de los Estados Unidos al Acuerdo de París es positivo y esperanzador?

Claro, pero dependerá de su capacidad de movilizar hacia metas comunes a otras grandes potencias, como China y Rusia, sobre todo en la fijación de políticas y acciones más ambiciosas en la reducción de gases de efecto invernadero y programas de cooperación internacional que posibiliten reducir las asimetrías económicas, sociales y ambientales de los países en desarrollo. Estados Unidos no hace parte del Convenio sobre Diversidad Biológica, pero sí de la plataforma IPBES, y eso allana el camino para incrementar su participación en iniciativas globales sobre biodiversidad. El papel que juegue la nueva administración del electo Presidente, Joe Biden, será central en la articulación y el apoyo financiero que se necesitan para avanzar en los estudios sobre biodiversidad y cambio climático.

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