Un mundo justo y sano: la utopía del desarrollo

Hoy es el Día Mundial de la Salud y nunca como ahora habíamos estado más lejos de poder asegurarles a millones de personas en todo el mundo un acceso en condiciones de igualdad a los beneficios del desarrollo, entre ellos, el derecho fundamental a la salud. Estamos afrontando la crisis global más dramática del último siglo, incluso por encima de los estragos que dejó la Segunda Guerra Mundial, en 1945, y los efectos de una pandemia en evolución, se anticipan como catastróficos. De ahí que el llamado que hace la OMS para conmemorar esta fecha, en el sentido de propender por un mundo justo y saludable, resulta una utopía, así conservemos la esperanza. Las cifras sobre los desequilibrios sociales y las amenazas sobre los más pobres son desalentadoras. ¿Seremos capaces como especie de superar esta encrucijada y recuperar nuestra esencia como humanos? Hay motivos para pensar que sí.

personal medico al frente del COVID 19
Esta imagen, de una enfermera española que acaba de recibir la primera dosis de la vacuna contra el COVID-19, resume en buena forma lo que todos anhelamos. Que la pandemia se acabe y podamos cerrar los ojos y pensar que todo puede ser mejor. Foto: Pepe Zamora/Reuters.

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Justo y sano. El mundo ideal. La utopía. No sabemos cuál se aplica mejor al momento que vivimos como humanidad. Lo real es que estamos ante la más profunda crisis global en la historia del planeta, no sólo como consecuencia de una pandemia, sino por las amenazas, cada vez más frecuentes y devastadoras, por fenómenos asociados a la crisis ambiental, sanitaria, económica y social.

Nunca antes como ahora, nuestra supervivencia dependió tanto de la capacidad que tengamos de revertir los daños causados a la naturaleza y juntos podamos desandar el camino que nos lleva hacia la extinción como especie.

Por eso hoy, Día Mundial de la Salud, el mundo trata de librarse de un virus invisible y demoledor que nos puso a todos en un punto de inflexión para actuar en bloque en procura de lo que la OMS ha llamado “un mundo justo y sano”.

La realidad es que estamos lejos de habitar un mundo justo y sano. Las cifras sobre la desigualdad global son evidentes y los daños provocados a la naturaleza, devastadores. La pandemia del coronavirus llegó para desnudar nuestras falencias y no ha hecho más que agravar esas desigualdades en muchas naciones y entre países. Al menos la mitad de la población mundial sigue sin acceso a los servicios sanitarios esenciales; más de 800 millones de personas gastan al menos el 10% de sus ingresos familiares en atención sanitaria, y esos gastos conducen a la pobreza a casi 100 millones de personas cada año.

Y hay más. Existe un déficit mundial de 18 millones de trabajadores sanitarios que son necesarios para lograr la cobertura sanitaria universal en 2030, tal como quedó establecido en los Objetivos de Desarrollo Sostenible, entre los que el derecho a la salud está estrechamente ligado a otros 14 de los 17 ODS.

El COVID-19 ha causado graves repercusiones socioeconómicas superiores al impacto del virus en la salud pública (a hoy, van más de 130 millones de contagiados por coronavirus y 2.8 millones de muertos), tales como la pérdida de puestos de trabajo (167 millones de personas perdieron su empleo), el aumento de la pobreza (entre 88  y 150 millones más en esa condición en el último año), problemas educativos (cientos de miles de escuelas cerradas) y dificultades en la alimentación (Casi 1.000 millones de personas que sufren de mala nutrición en el mundo).

El acceso a una vivienda habitable, que es la nueva denominación que hace ONU-Hábitat para definir ese lugar que reúne las mínimas condiciones de dignidad), en barrios seguros, con servicios educativos y recreativos adecuados, están cada vez mas lejanos y el 80% de la población mundial que vive en condiciones de extrema pobreza se encuentra en zonas rurales. 8 de cada 10 personas que carecen de servicios básicos de agua potable viven en zonas rurales, al igual que 7 de cada 10 personas que carecen de servicios básicos de saneamiento.

El seguimiento de las desigualdades en materia de salud debería formar parte de todos los sistemas nacionales de información sanitaria. Una reciente evaluación mundial de la OMS estimó que sólo el 51% de los países han incluido el desglose de datos en sus informes de estadísticas sanitarias nacionales, por lo que el acceso a los servicios es otra de esas utopías para muchas personas.

La salud del planeta también se encuentra en estado grave y con pronóstico reservado. Las cifras sobre deforestación de los bosques siguen creciendo dramáticamente, la temperatura del planeta no se detiene, la contaminación del aire  cobra cada vez más vidas en las grandes ciudades, las migraciones climáticas son tema de seguridad nacional en muchos estados, la pérdida de biodiversidad amenaza a cerca de un millón de especies y las enfermedades de origen zoonótico crecen y se propagan como el viento. Seguimos envenenando nuestros ríos, destruyendo los ecosistemas naturales, consumiendo sin criterios de sostenibilidad y explotando los recursos minerales con ambición depredadora.

Y claro, del otro lado, el positivo, este mismo planeta ha podido apreciar la enorme capacidad de la ciencia y del conocimiento científico para hacerle frente a la pandemia, en medio de demostraciones genuinas de solidaridad, empatía, compasión y humildad de la especie humana. Demostraciones y hechos que, no obstante el momento de crisis que afrontamos, resultan luces al final del túnel y razones suficientes para la esperanza en que seremos capaces de construir, al final y juntos, un mundo más justo y sano.

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