Tiempo de Pandemia, tiempo de las capacidades sociales

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 La capacidad de aprender es una de las habilidades más extraordinarias desarrolladas por los seres vivos y entre ellos, los seres humanos. Aprender requiere de una multiplicidad de virtudes y propiedades individuales y colectivas, de las cuales, muchas de ellas son transgeneracionales. Hay capacidades actuales que se han heredado de generaciones pasadas, otras no han sido desarrolladas y algunas han sido olvidadas en el Río del tiempo; pero, además, las de las generaciones futuras y la posibilidad de desarrollar y aprovecharlas, dependerá del comportamiento, la inteligencia y el grado de comunicación y cooperación de la generación de la Pandemia del CoVid.

Cuando pensamos en los seres humanos como homo habilis, o como homo sapiens, estamos reconociendo dos de las capacidades interdependientes mejor desarrolladas y más sobresalientes: la primera de ellas es la de observar, comparar, experimentar, analizar, comprender, abstraer, descubrir y sintetizar y la segunda, tiene que ver con usar, transformar, adaptar y crear artefactos tan complejos como un tornillo, herramientas sofisticadas como un destornillador y tecnologías tan útiles como una rueda, son algunos de los ejemplos más conocidos de estas habilidades. 

 

Pero esa virtud para descubrir propiedades y funcionalidades de objetos como piedras, metales o maderas y convertirlos en herramientas y maquinas, va más allá de eso, los humanos también han transformado el medio natural y sus paisajes, en nuevos paisajes que tienen forma de parques, cultivos, laboratorios, escuelas, hospitales, bares, salas de cine y arte, industrias, aeropuertos, ciudades y megaciudades. Esto último y casi todo lo demás, requiere de la habilidad para planear, motivar, explicar, organizarse y hacer alianzas para cooperar. La especie humana ha tenido la capacidad única de reconstruir la historia y de construir ficciones prospectivas; de comprender los mecanismos que dan origen al viento, al sonido y al calor, todo eso le ha permitido habitar las más variadas geografías y adaptarse e incluso crear y transformar multiplicidad de climas.

 

Es evidente la extraordinaria tenacidad humana para desentrañar leyes y constantes de la naturaleza, algunas de ellas tan complejas como las que explican los fenómenos de transformación de la materia en energía y la transformación de datos en información y la transformación de conocimiento y tecnología en cohetes, celulares, fármacos, trenes, bicicletas y vacunas, Es innegable la capacidad creciente para descubrir galaxias espiraladas y distantes estrellas, coloridos planetas con sus movimientos uniformes acelerados y para comprender mundos tan extraños y distantes que incluso no pueden ser percibidos por nuestros sofisticados sentidos. Pero no sólo es sorprendente las bellísimas teorías y complejas ecuaciones, los espigados telescopios y los demás instrumentos y tecnologías usadas para ver y analizar cosas lejanísimas, también resulta sorprendente, -poder ver hacia adentro y hacia afuera-, esa enorme capacidad para ver y analizar cosas muy próximas pero increíblemente pequeñas que tampoco pueden ser percibidas por nuestros sofisticados sentidos como las cadenas espiraladas de las hélices portadoras de la información de la vida -el ADN-, la posición de los átomos en estructuras cristalinas polimórficas, las membranas plasmáticas y las estructuras citosólicas, complejos moleculares, o los virus antiguos y nuevos y las bacterias en forma de bastón.

La capacidad de observación va más allá de ver con la ayuda de los ojos. Alguien observó la chispa que saltaba de un rayo en un bosque seco, o ese calor intenso de color rojizo que resultaba del conjunto de torques sucesivos y continuos entre dos varitas de Orellana, o la llama que brotaba de un olivo en un soleado mediodía de verano. Pasar de ver la llama que brota, sobrevivir al incendio y llegar a dominar el fuego a voluntad y necesidad, es extraordinario y prodigioso. Pero contarle y enseñarle a otro, a otros, como se produce y se controla el fuego a voluntad; ayudar a evitar que los rigores del frío les hagan daño, es una capacidad sustantiva para transmitir y dotar a otros de una habilidad increíblemente útil que además permite que el conocimiento colectivo se convierta en una habilidad colectiva intergeneracional.

Pero, todo esto que tiene que ver con las Pandemias y las capacidades sociales. Pues muchísimo, para empezar, establezcamos un acuerdo general sobre lo que significa pandemia. Hoy entendemos por Pandemia, la afectación generalizada que una enfermedad infecciosa le produce a la especie humana. No obstante, en su acepción original, una Pandemia (del griego παν, pan, ‘todo’, y δήμος, demos, ‘pueblo’), es la ‘reunión de todo un pueblo’. Este concepto primigenio encierra tal vez la clave de la solución. Para que la humanidad pueda superar una Pandemia, debe re-unirse y formar alianzas que le permitan un nivel de inteligencia cooperativa superior al de la entidad que origina la pandemia. Tal vez la capacidad más importante que debe desarrollar la especie humana es la de dirigir su propia vida colectiva manteniendo y potenciando, las libertades individuales.

Esta pandemia y las muchas Pandemias pasadas y futuras de este mundo, nos enseñan que necesitamos re-conectar el conocimiento y la vida en su sentido profundo, amplio y esencial; que debemos comprender que el verdadero desarrollo social es el desarrollo efectivo de los derechos, basados en la comprensión y respeto por la naturaleza, incluida la naturaleza humana y que es preciso establecer acuerdos efectivos para acceder colectivamente a esos derechos. Es necesario atender con solidaridad comprensiva, los deberes frente a un mundo del cual desconocemos a profundidad sus leyes y límites. Sabemos que resulta más inteligente la cooperación que la competencia, la solidaridad que la avaricia y que es más sensato e importante trabajar por el interés común.

Hoy sabemos que la sustentabilidad no es un asunto exclusivo de la ciencia. En estos tiempos de crisis, es fácil entender que es tan esencial la ciencia, la tecnología y la innovación como los saberes de los campesinos que siguen cultivando la tierra y produciendo los alimentos que necesitan no sólo los científicos, los tecnólogos y los innovadores, sino toda la humanidad expresada en rostros asustados por todas las veredas de todos los países de la tierra. En estos tiempos de crisis, es fácil entender la importancia de los buenos gobernantes y lo mal que resulta para la sociedad los liderazgos autoritarios. Marguerite Yourcenar escribió, “No hace falta que me comprendas. Hay más de una sabiduría y todas son necesarias en el mundo; no está mal que se vayan alternando”.

 

En tiempo de Pandemia, es fácil entender lo importante y lo urgente que resulta trabajar por mejores sistemas de salud colectivos y accesibles, es fácil comprender lo que repite Amartya Sen en todos sus escritos, (…) que no es suficiente predicar libertades y derechos, si no vienen acompañados de posibilidades reales de acceder a ellos. No es cierto que podamos elegir el sistema de salud al que queremos pertenecer, en la práctica, esa elección depende de nuestra capacidad adquisitiva y eso no es un derecho real, eso es una ficción, o mejor aún, un engaño. En estos tiempos en los que se repite hasta la saciedad, «lávate las manos», cientos de millones de seres humanos no tienen acceso a un servicio de agua potable y mucho menos a sistemas de saneamiento básico. 

 

En estos tiempos de Pandemia, se ha hecho evidente el tamaño de la desigualdad. Cientos de millones de personas no pueden atender el llamado a «quedarse en casa», porque hay cientos de millones que no tienen casa y hay cientos de millones que, teniendo casa, viven hacinados y no tienen ingresos, ni ahorros que les permita quedarse en casa. En estos tiempos de Pandemia, es fácil entender que los espacios públicos efectivos incluyendo especialmente zonas verdes, son una necesidad y no un lujo. Que los 10 o 15 metros cuadrados de espacios públicos que debe tener disponible cada habitante en sus entornos cercanos, no debería seguir siendo un número deseable sino una cualidad real necesaria para la gente de las ciudades y los campos.

 

Ahora que estamos tan “entrelazados” en “internet” y que reconocemos el enorme potencial de los sistemas y tecnologías de la comunicación y la información. Ahora que re-querimos estar bien conectados, físicamente distanciados y socialmente más cerca que nunca; nos hemos dado cuenta que la aventura de la educación y el trabajo digital, tienen enormes riesgos y posibilidades. En Colombia, un país de profundas desconexiones, solo uno de cada cien niños rurales tiene acceso al internet y a un computador, pero esto es solo un piñón del complejo proceso de la enseñanza y el aprendizaje. Sin duda, es preciso caminar rápidamente hacia un mundo más justo, hacia un mundo al alcance de los niños y la juventud; un mundo amable para los mayores, pero sobre todo, un mundo incluyente que no desconozca que la vida es un milagro y que reconozca la magia que encierra la diversidad geográfica, biológica, cultural e intergeneracional.


En estos tiempos de CoVid19, podemos comprender que los virus están aquí entre nosotros, y que se comportan de un modo más inestable en un mundo con ecosistemas enfermos, en ciudades donde las estructuras ecológicas son mapas, estudios, discusiones, desacuerdos, negocios y planes, pero que son sólo eso, o en el mejor de los casos, intervenciones técnicas sin integridad, que desatienden los sentidos profundos de las necesidades humanas y los procesos sociales, físicos y biológicos. En tiempo de virus, es fácil entender que son un riesgo, pero parece que no es tan fácil comprender que no son el mayor de los riesgos. Debemos re-conocer que existen enormes riesgos asociados al cambio climático con sus múltiples expresiones, peligros que vienen con el ascenso del nivel del mar, amenazas a la vida por la mala calidad del aire, la acidificación de los océanos, las viajeras arenas del Sahara, el efecto invernadero, los turbulentos tsunamis, los enérgicos volcanes, el hambre, la violencia, las guerras, la pérdida de la capa de ozono, la perdida de suelos cultivables y cultivados, la desertificación, la pérdida de la biodiversidad, la destrucción del Amazonas, de las selvas húmedas y los bosques secos, de los páramos, de los desiertos y que no desaparece el riesgo a nuevos virus.

 

Pero también y no en menor medida, se pueden ver los problemas que ha representado para la humanidad y los riesgos que encierra para el porvenir, la codicia, el egoísmo, la ignorancia, el oportunismo, la injusticia y la justicia inefectiva, la insolidaridad, un sistema de salud enfermo, un sistema educativo desmotivado, un mundo con demasiado ruido, calles con demasiados autos y poca humanidad, la falta de oportunidades, la corrupción con sus innumerables y sofisticadas mascaras. Es preciso comprender que los seres humanos, como especie, como com-unidad biológica, debemos hacer acuerdos «serios», urgentes y genuinos para cambiar nuestra manera de convivencia entre nosotros mismos y con la naturaleza. Acuerdos que sean mucho más que informes elegantes y costosos, con muchas citas, reuniones privadas, publicidad e indicadores insuficientes y complicados.

En su sentido etimológico, crisis significa ‘decisión, juicio’. La crisis implica un cambio sustancial, bien sea en lo social, político, cultural, económico, en la naturaleza, en la vida individual o colectiva de una comunidad. La crisis como juicio, plantea la necesidad de examinar detalladamente la situación que la produce y decidir. Winston Churchill planteaba que las crisis son oportunidades para repensar y revertir los errores o corregirlos. Es tiempo de crisis, y eso significa que es tiempo de decisiones. Debemos ser capaces de sacar lo mejor de nosotros mismos como individuos y como sociedad para el beneficio de todos. Porque esta crisis actual no será la última, ni es la peor crisis probable que debamos enfrentar. Durante los últimos cinco años, El foro económico mundial advierte que la crisis del agua, el cambio climático y la pérdida de ecosistemas, constituyen tres de los mayores riesgos que enfrenta la humanidad. No es imaginable una vida sin agua, ni es saludable la vida en una atmósfera tóxica, ni es grata la vida en un aire a 40 grados centígrados. No es ético saber que se extinguen seres vivos todos los días y que sabiendo cómo hacerlo, no hagamos lo necesario para evitarlo.

 

La solidaridad no puede seguir siendo un valor transitorio, egoísta y desesperado. La solidaridad está íntimamente ligada a la justicia y debe ser una real política social y educativa. No puede seguir ocurriendo que siempre las pérdidas sean asumidas por una mayoría que paradójicamente tiene la minoría de la riqueza. Gentes de todas partes del planeta aspiran a que «la actual crisis», -que ya no es sólo una crisis sanitaria sino antropológica y ambiental, sea una prueba a nuestras capacidades esenciales como individuos, como especie y como sociedad. 

 

Y se deben producir cambios, no “después de esto», sino, «en medio de todo esto», porque la actual crisis ha logrado lo que no han podido muchas otras crisis no menos graves: desnudar nuestras debilidades, permitirnos reconocer y recordar que la tierra es «nuestra casa común», que la cultura, -en sus sentido profundo-, es un patrimonio mayor, que no puede haber economía sin ecología, que la vida es fuerte y frágil, que debemos aprender algunas buenas lecciones y que -al modo de Borges-, tenemos la esperanza de que el futuro también depende de nosotros, de nuestras decisiones y de reconocer la oportunidad que tenemos para  construir Territorios Sostenibles, mejores capacidades sociales y la posibilidad de un nuevo  acuerdo entre la sociedad y la naturaleza.

 

Hipocampo, junio 22 de 2020

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