“La salud pública necesita empatía y solidaridad”

El doctor Carlos Álvarez, médico infectólogo y epidemiólogo colombiano, no sólo es asesor del Gobierno dentro del comité científico conformado para atender la emergencia del COVID-19, sino el coordinador nacional de estudios sobre el coronavirus para la Organización Mundial de la Salud (OMS). Ha estado en la primera línea de atención por la pandemia y conoce las entrañas del sistema de salud. Sus reflexiones son un aliciente para tener esperanza y un catalizador sano de las enormes dificultades que afrontan cientos de miles de médicos y personal asistencial, protagonistas hoy y siempre, en el Día Mundial de la Salud.

Carlos Álvarez, médico bogotano

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Entre las grandes tragedias, aparecen los hombres valiosos. Personas valientes que prefieren pasar de bajo perfil, porque entienden que no hacen nada extraordinario, sino simplemente lo que los apasiona. Solo que por un golpe de magia, como la vida misma, por fortuna, los hechos los ponen en el lugar que les corresponde y a la hora que se necesitan. Así, en medio de la más crítica emergencia sanitaria, social y económica del último siglo, debido a la pandemia, la mayoría de colombianos conocimos a uno de esos hombres valiosos: Carlos Álvarez.

Médico bogotano, infectólogo y epidemiólogo, quien con frecuencia aparece de forma tan mágica como real para ayudarnos a entender mejor todo este desbarajuste sanitario provocado por un virus que no vemos ni, mucho menos, esperábamos.

El doctor Álvarez es la voz de la ciencia que permite no caer en la tentación de los populismos y las demagogias de algunos políticos que aparecen siempre para pescar en río revuelto y hacer de las tragedias fábricas temporales de caudillismos y dictaduras, de las que los sistema de salud salen casi siempre mal heridas.

Hablamos con él para conmemorar, a partir de sus reflexiones y aprendizajes, el Día Mundial de la Salud y conocer con más criterio cuáles son los desafíos que tiene nuestro sistema de salud pública de cara a la etapa pos pandemia.

¿Qué es lo más importante de un sistema de salud que debe afrontar una crisis global sin antecedentes, en medio de una pandemia y el cambio climático haciendo estragos y afectando a los más pobres y vulnerables?

Carlos Álvarez: Cuando hablamos de salud en estos contextos, nos referimos a un concepto que va más allá de estar bien o sano. Entramos a un tema asociado al bienestar en todas sus dimensiones, es decir, en lo físico y lo mental. Ambos pilares se convierten en objetivos centrales de cualquier sistema de salud a la hora de hablar de una pandemia, dados los impactos que ésta tiene en ambas dimensiones.

Los efectos del COVID-19 no suponen un daño físico en la gente, sino y, en especial, un cambio dramático en la salud mental, pues la letalidad del virus produce miedo, angustia, desamparo, fragilidad y vulnerabilidad ante la muerte.

Esta pandemia nos ha enseñado lo que implica estar enfermo y lo que ha cambiado en el paradigma de la atención en medio de una emergencia que altera la salud mental, pues no sólo se vive en los centros hospitalarios, sino en otros lugares que hacen parte de la vida cotidiana de las personas, sus casas, sus lugares de trabajo, sus espacios de esparcimiento. Lograr mitigar esos impactos es una tarea fundamental dentro del proceso pos pandemia, porque es evidente que muchos pacientes de COVID-19 están presentando secuelas que hasta ahora hemos comenzado a conocer y a entender.

¿Cuáles son las claves desde el punto de vista de salud pública para lograrlo?

Son varias. Uno, que algunas de las tecnologías que se han implementado para mejorar el acceso y la atención en salud se puedan mantener. La telemedicina es un avance gigantesco en términos de equidad y acceso, debido al telediagnóstico y al telemonitoreo, pues hicieron posible llegar adonde nadie había llegado.

Otro desafío es mantener los avances que se hicieron en términos de la ciencia y la investigación para saber mucho más del virus, así como la capacidad instalada que se logró con la ampliación de las unidades de cuidados intensivos, el aumento de las pruebas de laboratorio con calidad internacional y la modernización de los sistemas logísticos del sector sanitario.

Hemos entendido mejor que no existe una contradicción entre salud y economía, porque el concepto de bienestar supone la concurrencia de ambas disciplinas. No basta con estar sano en lo físico, sino además no existen los mínimos para el desarrollo intelectual o laboral de esa persona.

abrazo espontáneo entre una enfermera y un auxiliar
Este abrazo espontáneo entre una enfermera y un auxiliar en Italia recoge un sentimiento de solidaridad y empatía que vale tanto como la vacuna contra el COVID-19. Foto: Jennifer Lorenzini/Reuters.

¿Eso pasa también por conceptos como la solidaridad y la empatía?

Indiscutiblemente. Creo que hoy, Día Mundial de la Salud, ambos conceptos adquieren una dimensión superior, porque no es posible hablar de un sistema sanitario sin poner al ser humano en el centro de las decisiones. La solidaridad, entonces, se convierte en un instrumento eficaz y duradero para ayudar a los demás. Una solidaridad que no sólo se basa en dar cosas, sino, por ejemplo, la unión de muchos científicos de todo el mundo en la búsqueda de una vacuna que permitiera reducir los daños del virus. Eso se logró en tiempo récord, porque fuimos solidarios.

El reto ahora es expandir esa solidaridad hacia los más pobres y vulnerables que no tienen acceso a los servicios de salud y están por fuera de los beneficios del desarrollo. La concentración de las vacunas en los países más ricos no es un buen mensaje para quienes promovemos la solidaridad como un antídoto contra el abandono y la pobreza.

De ahí la importancia del autocuidado y la corresponsabilidad. ¿No es, acaso, una muestra de insolidaridad ver a la gente en las calles, en fiestas, desacatando las normas y poniendo en riesgo la salud de los demás?

Es indudable que tenemos problemas a la hora de abordar los temas asociados a la salud, pues la entendemos, repito, como un asunto de estar sano, como una dimensión de lo individual y como algo asociado a lo curativo. No cuidarse es un asunto de irresponsabilidad colectiva desde el comportamiento individual.

Necesitamos hacer un trabajo fuerte y permanente en hacer prevención como fundamento de la salud pública y eso pasa por el autocuidado. Es cierto que una bomba hace más ruido y más daño cuando explota que cuando se logra desactivar. En salud se aplica la frase.

Es urgente hacer virar el sistema hacia la prevención y eso demanda devolverle la importancia a la salud pública, desde el punto de la vigilancia y, al mismo tiempo, propiciar los espacios para cambios culturales en lo individual y lo colectivo.

¿Esta pandemia, con todo el daño que ha hecho, también es una oportunidad?

Este momento exige trabajar en dos velocidades. Hay que atender de inmediato a quienes están afectados por el virus, pero ir trabajando en el mediano plazo con las nuevas generaciones en cambios profundos en los hábitos de comportamiento y de consumo. Hacer pedagogía sobre cultura en salud.

Creo, incluso, que esta es una oportunidad de trabajar con los niños que han sufrido esta pandemia para provocar cambios disruptivos en torno a la salud pública, entre otros, la disciplina de lavarse las manos de forma permanente, no consumir comida chatarra, hacer dietas saludables, practicar algún deporte.

A propósito de los niños, ¿cómo contarles a ellos lo que significa enfrentar un desafío global como lo es esta pandemia y cuáles los aprendizajes?

Es una pregunta profunda y compleja, porque llegan muchos sentimientos. Lo primero es poderlos hacer entender qué debíamos haber hecho para evitarlo y qué tenemos que hacer para evitar que pase de nuevo, dejando en claro que si pasó, es posible que pueda volver a suceder y, por lo tanto, debemos prepararnos mejor.

Los virus seguirán circulando, pues llegaron primero a la tierra que nosotros. Somos uno más dentro del ecosistema del planeta y debemos entender cuál es y cómo debe ser nuestra relación con los demás seres vivos.

Lo otro que les contaría es el valor que tiene para el ser humano recuperar su humildad, quitarse la soberbia de sentirse dueño de todo.

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